Ah, el entusiasmo de los papeles promocionales. Veamos. “Todo esto, unido a su propuesta tan personal, nos hace pensar en ellos como un gran agujero negro en el espacio del punk-pop por el que dejarnos absorber y abandonarnos entre energías desconocidas e inimaginables”, leemos. Ellos, claro, son Axolotes Mexicanos, lo más parecido a un supergrupo multitasking, Los Vengadores del Pop Piñata.
A los mandos, la asturiana Olaya Pedrayes, voz cantante y toma de tierra con el escenario. Y a su alrededor, buena parte del quién es quién del indie patrio contemporáneo. A saber: Lucas de la Iglesia (Confeti de Odio), Juan Pedrayes (Carolina Durante), Mario del Valle (Carolina Durante, Temerario Mario) y Stephen Ly (No Fuck, Stephen Please).
Ellos, decíamos, son Axolotes Mexicanos. El agujero negro en el espacio punk-pop. Diez años de vida y cuatro discos en la hoja de servicios para demostrar que en los alrededores del “tonti pop” también existe la vida inteligente. Porque eso es precisamente lo que hace, o hacía, este quinteto que llega a “4ever”, su cuarto álbum, en su versión más depurada y esencial. Un destilado de punk burbujeante y pop como de máquina de pachinko, todo luces brillantes y sonidos aturullantes, que supera en sonido y producción, también en ambición, a “Salud2” (2018) y “:3” (2021), pero que se deja por el camino parte del encanto destartalado, ese candor bizarro de ascendencia nipona y freak, que los hacía francamente singulares.
Así que suenan mejor que nunca, sí, pero también un poco menos excitantes. O, mejor dicho, algo menos originales. Lo que antes era un imprevisible e imperfecto túrmix de referencias alocadas, de guitarras trastabilladas, cajas de ritmos asmáticas y bubblegum pop en perfecta sincronía con la bossa nova japonesa, es ahora un perfecto y ordenado túrmix de referencias algo más genéricas e intercambiables. Siguen desenvolviéndose con admirable soltura en el terreno del himno elástico (“La canción que escribiste” y “ROSAS Y ESPINAS”, con Aiko el grupo, encabezan la expedición) y lijando el angst juvenil hasta transformarlo en letras engañosamente naíf, pero se echa de menos un plus de memorabilidad que a estas alturas debería darse por sentado.
Será que, a fuerza de acercarse cada vez más al centro gravitacional del punk-pop de la factoría Elefant, se han alejado de una singularidad que solo asoma la cabeza de verdad en “miau ♪ miau”, “Domingo” y en el jaleo a lo Pizzicato Five meets La Casa Azul de “Himawari”. El resto se goza y se disfruta, sí, pero en cuanto “Al atardecer” echa el cierre, el poso es menor del esperado. ∎
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