El verano, decía el otro día Laura Barrachina, no acaba de empezar realmente hasta que no se pincha por primera vez “El bello verano”, así que nada mejor que aprovechar esta época de termómetros disparados y sofocos eternos para montarle una fiesta de cumpleaños a “Un soplo en el corazón”. Una discreta y sencilla, porque nunca fueron Javier Aramburu e Iñaki Gametxogoikoetxea tipos demasiado dados a los fastos y la pirotecnia conmemorativa, pero fiesta, al fin y al cabo. Vaya, no todos los días se cumplen 30 años –que, por cierto, será el año que viene, porque el disco se publicó en 1994, no en 1993, a pesar del copyright erróneo–, excusa para hincar la rodilla ante el Arca de la Alianza del indie patrio; una catedral de pop sintético hecha de sueños despeñados, melancolía espacial y algunas de las canciones más arrebatadoramente bonitas que se han hecho por aquí. Como ya saben, fue el mejor disco nacional de 1994 en Rockdelux.
Catorce canciones, treinta y seis minutos de magia electrónica, que han pasado de década en década y de generación en generación como apresadas en ámbar báltico. Foto fija y legado inmaculado, para lo bueno y también para lo malo. De ahí lo de la fiesta discreta: se fueron tan rápido y dejaron tan poco tras de sí los donostiarras que cada reedición posterior, cada intento de relanzar el primer y último y único disco de Family, tropieza con el mismo obstáculo: lo que se ve es lo que hay. No hay más.
En 2015, es cierto, Elefant recuperó bajo el título de “Casete” la legendaria “maqueta azul” de 1991, animal mitológico que durante años fue una de las piezas más buscadas y cotizadas del pop español, pero ahí acaba casi todo. Así que cada fecha más o menos señalada se ha salvado jugando con los formatos: el digipack del décimo aniversario, las versiones de “Homenaje a Family. Un soplo en el corazón de Elefant” (2014) para el vigésimo, el vinilo de edición limitada y con funda interior color plata para los veinticinco… Y así hasta llegar esta reedición anticipada de su 30º aniversario que vuelve a poner en circulación el contenido original intacto y en formato vinilo.
Una forma de sumar nuevos adeptos a la causa de la más brillante estrella fugaz del pop español y, ya puestos, de reencontrarse con el encanto incandescente de “Carlos baila” y “Viaje a los sueños polares”, tirar del hilo de New Order y Décima Víctima para llegar hasta La Concha, y maravillarse una vez más con un disco único y, por desgracia, también irrepetible. Un álbum que tradujo el romanticismo al lenguaje de los sintetizadores, sublimó con inmensa elegancia el minimalismo pop, e hizo diana ahí donde la risa y el llanto engrasan acordes y alimentan programaciones; ahí donde nacen “Nadadora” y “El buen vigía” y la belleza esconde durante unos minutos, poco más de media hora, la fealdad que nos rodea. ∎
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