Nadie dudaba, a estas alturas, de la solvencia de
Sam Mendes. Pero, tal vez por el absurdo síndrome del debut nunca superado (
“American Beauty”, 1999), cosa que no es verdad porque tiene películas mucho mejores, el director de las extraordinarias
“Camino a la perdición” (2002),
“Revolutionary Road” (2008) y
“Skyfall” (2012) no había acabado de tener la consideración que merecía. Hasta hoy. Sin duda su mejor película,
“1917” (2019; en España, 2020) confirma a Mendes como un cineasta magnífico. Situado en la Primera Guerra Mundial, el filme relata en tiempo real la misión de dos soldados británicos que deben entregar un mensaje, solos e indefensos, para frenar un ataque que se intuye trampa. El director, que podría perfectamente haber firmado a medias con Roger Deakins, responsable de la fotografía, opta por un solo plano secuencia (puesto en cuestionamiento, de forma brillante, hacia el ecuador de la película) para recrear la odisea de los chicos.
“1917” podría haber sido una espectacular aunque simple demostración de fuerza; podría haberse quedado en un ejercicio formalmente virtuoso que bloqueara todo lo demás. Pero no es así: la forma no se impone al resto. Mendes no abandona nunca ni la historia, ni a los personajes, ni las emociones del campo de batalla (del instinto de supervivencia y camaradería al terror más insoportable). Encuentra un equilibrio perfecto entre lo íntimo y lo inasible, como también encuentra un equilibrio asombroso entre las dinámicas del videojuego (“1917” es incontestable como propuesta inmersiva de choque, en la que experimentar la experiencia mental y física de los personajes) y la fuerza narrativa y formal del cine bélico clásico. Una obra inmensa, con un desdoblamiento interesantísimo hacia la mitad (lo que es y lo que pudo ser) que bloquea cualquier intento de reducirla a un mero prodigio técnico. ∎