No resultan pocos los logros que el festival In-Edit ha ido anotando en su casillero desde que irrumpiera en escena precariamente, y tras numerosos apuros, en 2002. Su primera edición se hospedó en el Teatro del Club Helena en el barcelonés barrio de Gràcia, tras un accidentado primer ensayo. “La primera prueba la hicimos en el City Hall, por entonces aún ni se llamaba In-Edit. Fue una locura. Estuvo a punto de terminar en desastre por culpa de un productor vacilón que nos tenía que traer el documental ‘Maestro’ desde Nueva York. Tras numerosas exigencias, al final, a pocos minutos de la hora de proyección, se presentó con una bolsa de McDonalds y dentro estaba el betacam del documental en portugués. Mira, lo hubiera matado. Pero lo petamos. Y el City Hall nos pidió hacerlo cada viernes. Yo me negué porque por entonces estaba en tratamiento de desintoxicación. Pero ya tenía el ‘business plan’ para 50 semanas. Por eso el In-Edit tiene 50 proyecciones y en lugar de hacerlo cada semana, lo concentramos en once días”.
Quien explica los orígenes sin filtro, ligeramente oculto tras unas gafas de sol que parecen prestadas por Spud de “Trainspotting”, es Uri Altell, cofundador y principal promotor de In-Edit junto a Alberto Pascual, fallecido en 2007. Altell tomó el relevo en la dirección tras la salida de Cristian Pascual en 2019. Desde aquel angustioso protofestival, el certamen ha crecido hasta convertirse en referencia mundial en su especialidad y el que congrega más público en el área urbana de Barcelona: 35.000 espectadores. Y lo ha logrado en paralelo al crecimiento de un subgénero de la no ficción históricamente ninguneado, que logró salirse de los márgenes para infiltrarse en los circuitos comerciales, especialmente tras el punto de inflexión que supuso el Óscar para “Searching For Sugar Man” (Malik Bendjelloul, 2012), la obra que lo cambió todo.
Así, el In-Edit no solo ha servido para dignificar el documental musical y darle salida de ese cuarto oscuro y polvoriento al que había sido relegado históricamente, también ha actuado como catalizador en la activación, ahora ya excesiva proliferación, de certámenes audiovisuales dedicados a temáticas muy concretas, dirigidas a audiencias nicho, en la metrópoli mediterránea.
El mundo ha sido testigo de grandes transformaciones y convulsiones a lo largo de estos últimos veinte años. Sin salir de la demarcación de Barcelona, y limitando el encuadre al entorno del festival que nos ocupa, en dicho período de tiempo han sucumbido al signo especulativo hasta tres sedes por las que pasó In-Edit: el Teatre Principal, el cine París y el Club Doré, que luego pasaría a llamarse Aribau Club. Sin embargo, el interés por la materia prima que distribuye durante once días de otoño –aunque el resto del año hay movimiento en su plataforma In-Edit TV– no ha mermado, sino que incluso ha crecido. ¿Cómo se explica.
“El cine está en crisis. Pero yo creo que está en crisis la manera de ver el cine”, apunta Altell. “Creo que la gente solo va al cine si hay un festival. Si no, prefiere consumirlo en casa, a través de las plataformas bajo demanda. Y esto nos ha dado una popularidad y una distribución tan grande que ahora es rentable hacer un documental musical. Desde que empezamos hasta hace poco años, el que hacía un documental musical no esperaba ganarse la vida; era por pura pasión o para estar en contacto con su artista favorito. Pero no se pretendía un retorno económico. Y esto se termina notando. Ahora tienes una factura, un nivel en los documentales, que es más guay”.
Ese incremento en la cantidad se ha resuelto también favorablemente en la calidad presentada por muchas de estas propuestas, como señala nuestro entrevistado. El punto de inflexión quedó fijado por la sacudida de “Searching For Sugar Man”. Malik Bendjelloul lo presentó ante una atiborrada sala del Aribau Club, y se convirtió en ese fenómeno inesperado que actúa como bisagra entre un subgénero documental defenestrado por el circuito comercial y los principales certámenes internacionales y el gran público y la taquilla. El Óscar concedido a esta película supuso el espaldarazo definitivo a la industria del documental musical y dio pie a un período de esplendor, con una producción que asumió carácter cinematográfico para cumplir con una nueva envergadura comercial. Lo confirmaron las sucesivas premios de la Academia al mejor documental tras el logro de Bendjelloul: “A 20 pasos de la fama” (Morgan Neville, 2013) y “Amy” (Asif Kapadia, 2015). Una tendencia que no decae, como demuestra la última estatuilla a Questlove? por “Summer Of Soul (... o, cuando la revolución no pudo ser televisada)” (2021).
“El documental musical en estos últimos veinte años se ha convertido en un género, que antes no era ni eso”, opina Altell. “Cuando empezamos nosotros no había ventana en ninguna parte. Y a raíz de nacer In-Edit se ha generado esta industria. Que, ya te digo, no es que el mérito sea únicamente nuestro, pero es de cajón que hemos favorecido su apertura hacia audiencias más amplias”.
La bonanza del subgénero documental que alimenta la programación de In-Edit no se entendería sin la irrupción y proliferación de las plataformas. La llegada de Netflix a España en 2015 empezó a implantar unos nuevos paradigmas de consumo que requerían de un constante aprovisionamiento de material audiovisual para sus usuarios. El documental musical se convirtió entonces en un filón para plataformas como Netflix, HBO Max, Amazon Prime, Disney+, Movistar+ o Apple TV, que vieron una oportunidad de llenar la despensa con producciones de presupuesto modesto que, en su mayoría, conllevan procesos de producción mucho más livianos y cortos que los de una película o serie.
La marca, originaria de Barcelona, tuvo desde los inicios vocación internacional, como han demostrado los diversos satélites que el festival ha ido desplegando por el mundo. Algunos plenamente asentados, como el de Chile, que se organiza desde 2004. También Brasil desde 2009, In-Edit Grecia desde 2014, In-Edit Holanda desde 2018, o su homólogo en Madrid. Anteriormente también mantuvieron sucursales en Berlín, Colombia, México y Buenos Aires. “Yo ahora estoy de director en España, antes era director internacional. Pero me he cansado de viajar. Me apetece más estar en Barcelona. Es una experiencia superbonita, porque conoces todo el planeta de la mano de gente de la música, el cine, la cultura, de la industria. No estás de turista con la Lonely Planet. Es lo mejor que me podía pasar en la vida a nivel vital. Pero, claro, todo esto tiene su reverso, es difícil tener una pareja de larga duración, te desarraigas, es difícil llevar una vida ordenada. Y los satélites salieron un poco de picar piedra. Muchos salieron porque gente que vivía en Barcelona regresa a su país de origen y se pone en contacto con nosotros para abrirlo ahí al ver que no hay nada parecido. O bien conmigo picando piedra para buscar socios”.
A lo largo de sus 19 ediciones en suelo barcelonés, lo más granado del documental musical pretérito y contemporáneo –así como sus grandes representantes, a los que se les ha brindado homenajes y retrospectivas– ha tomado las distintas sedes del In-Edit. A priori, no resulta una tarea fácil señalar las mejores proyecciones de todos estos años, pero su director descubre su preferidas: “A mí hay muchos que me han flipado. Para mí el mejor es ‘Searching For Sugar Man’, sin duda. También ‘Anvil. El sueño de una banda de rock’, de la que tenemos una reedición en el programa de este año. ‘Style Wars’, sobre el nacimiento del movimiento de hip hop que se proyectó en la segunda edición en el Teatre del Club Helena. Añadiría ‘Maestro’, que fue el primero que pusimos en el City Hall. Luego uno que fue una lección vital que me encantó alrededor de Louie Prima, ‘Louie Prima. The Wildest’, que también hablaba sobre la lucha del músico contra una enfermedad. Superbonita. Me encantó también el trabajo de Vincent Moon sobre R.E.M. en ‘Six Days’. Destacaría ‘Robbie Williams. Nobody Someday’, que a mí Robbie Williams como que no me apasiona, pero el documental me pareció muy bueno. Habla sobre la dificultad de una ‘celebrity’ para sobrevivir y gira un poco sobre el tratamiento de desintoxicación de drogas, que se toma muy en serio, pero a la vez tiene que llevar a cabo una gira. Los de Fermin Muguruza me suelen gustar, soy superadmirador de él. Y su activismo me lo contagia con cualquier trabajo”.
Lejos de apoltronarse o de analizar las métricas del In-Edit una vez concluya su vigésimo aniversario para empezar a planificar el siguiente, Uri Altell anda enfrascado en diversos proyectos. Entre estos, dos nuevos festivales con un horizonte muy cercano: “Mi objetivo desde que entré como director ha sido sanear un poco la empresa, porque durante la pandemia fue difícil. Seguir creciendo internacionalmente. Y quiero seguir haciendo crecer el Moritz Feed Dog, montar un festival el año que viene y otro en 2024. Solo puedo avanzar que será el mismo planteamiento que el In-Edit, o sea, para nicho, pero con otras disciplinas. También estamos produciendo una serie de documentales de música que se llama ‘12 notas’. Y estoy en preproducción de un documental de la ópera de Madrid que voy a dirigir”. ∎
“Dig!”
(Ondi Timoner, 2004) / (2ª edición)
Ganador del premio especial del jurado en el festival de Sundance, se advertía como una crónica sobre la fama, la autenticidad y los contrapesos del circo rock a través de la relación de amor-odio entre Anton Newcombe, el irascible líder de The Brian Jonestown Massacre, y Courtney Taylor-Taylor, con sus The Dandy Warhols al otro lado del cuadrilátero. Dos visiones contrapuestas, dos maneras de encajar y desencajar en la industria musical, dos discursos distanciándose a medida que avanzaban los 90. Un trabajo de culto que la organización proyectó en su segunda edición y que recupera hoy con la cartela del especial 20º aniversario.
“No Direction Home”
(Martin Scorsese, 2005) / (3ª edición)
No era la primera vez –ni sería la última– que el autor de “Malas calles” (1973) se interesaba por el género. Ahí permanece con su halo de eternidad “El último vals” (1978). Pero “No Direction Home” supuso otra aportación mayúscula a su cuenta de no ficción. La odisea del chico judío de Minnesota que se convierte en apóstol rock daba para una obra monumental de tres horas y media. Un retrato electrizante de esta figura trascendental de la música popular que supuso uno de los primeros hitos en la historia del festival, cuando su sede era un cine París ajeno al buldócer de Inditex que le pasaría por encima.
“The Devil And Daniel Johnston”
(Jeff Feuerzeig, 2005) / (3ª edición)
Muchos conocieron la figura de Daniel Johnston gracias a esta película, que introdujo al singular cantautor norteamericano. Jeff Feuerzeig logra penetrar en el coto privado del músico a través de abundante grabación casera, para devolver el aura enternecida, también desolada, de una psique maltratada y depresiva. Turbulencia emocional interna exorcizada bajo una simplicidad musical desgarradora, la de este artista de culto reivindicado desde la escena indie.
“Amazing Journey. The Story Of The Who”
(Paul Crowder y Murray Lerner, 2007) / (5ª edición)
Uno de esos trabajos cuyo visionado en pantalla grande modula sensaciones parecidas a las que se puedan encontrar yendo a un concierto. Un vibrante recorrido por la trayectoria granítica, disparatada y genial de la formación londinense. Bajo una factura exquisita, sumaba acólitos que solo podían rendirse al carisma de sus entrevistados, explicando por qué se considera a The Who una de las mejores bandas de la historia del rock.
“Barcelona era una fiesta underground 1970-1980”
(Morrosko Vila-San-Juan, 2010) / (8ª edición)
Antes de la llegada de la llama olímpica, Barcelona era una fiesta, como expone sin dobleces el título de este documental sobre el caldo inconformista, creativo y juerguista que regó la urbe catalana desde finales de los años 60 hasta los años 80. Un anhelo libertario salido de las llamas abrasadoras del franquismo que germinó en una explosión de libertad, ilusión y creatividad. Los propios implicados en esta corriente contracultural explicaban a cámara, sin medias tintas, sus correrías artísticas y personales por la década de los 70.
“When You're Strange. A Film About The Doors”
(Tom DiCillo, 2009) / (8ª edición)
Acercamiento casi espectral al enigmático rastro de The Doors, especialmente al de su carismático líder, Jim Morrison. El director de “Vivir rodando” (1995) logró capturar como pocas veces la química creativa de la banda californiana –focalizada en el binomio formado por Ray Manzarek y Morrison– mientras fijaba en la memoria imágenes que desprendían una emulsión fascinante, casi hipnótica. En su mayoría, grabaciones de esos dos estudiantes de UCLA que forman una banda de excesos, guiada por un latir poético que presagiaba finales malhadados en bañeras frías.
“The Ballad Of Genesis And Lady Jaye”
(Marie Losier, 2011) / (9ª edición)
Antes del actual baile de nombres para definir la identidad de género tuvimos a Genesis P-Orridge, figura vanguardista tan ajena a etiquetas como su propia música. Este documental es un retrato íntimo sobre su vida y obra, haciendo foco en el radical proceso de transformación al que se sometieron tanto ella como su mujer y colaboradora, Lady Jaye, para llegar a ser una sola imagen. Algo que definieron como “pandroginia”. Un relato alucinante sobre dos almas fundiéndose en una a través de la cirugía, en un reto sin igual a la biología y a los marcos convencionales del amor, el arte y la vida.
“Michel Petrucciani”
(Michael Radford, 2011) / (9ª edición)
Conocido por adaptaciones del universo literario como “1984” (1984) o “El cartero (y Pablo Neruda)” (1994), Michael Radford ya había dirigido “Van Morrison In Ireland” (1981) mucho tiempo atrás y volvió al ámbito musical con este retrato de un pianista excepcional. Aquejado por una osteogénesis imperfecta, el difunto Michel Petrucciani afronta los obstáculos de su enfermedad gracias a la búsqueda creativa, que utiliza como cortafuegos del drama y el dolor. Radford armó su obra a través de imágenes de archivo y entrevistas del protagonista.
“Searching For Sugar Man”
(Malik Bendjelloul, 2012) / (10ª edición)
Resulta complicado encontrar un documental, no solo musical, con idéntica trascendencia sobre el personaje retratado y el género en que se imbrica. Lo logró Malik Bendjelloul, quien se suicidaría dos años después de alcanzar el éxito internacional persiguiendo el rastro difuminado de Sixto Rodriguez, un cantautor de los 60 que, sin saberlo, se convirtió en símbolo musical en la Sudáfrica del apartheid. La huella del llamado a ser Dylan latino se pierde por completo hasta que dos fans se empeñan en recuperar su pista. Rodriguez saldría del ostracismo gracias a este relato diseñado como si fuera material cinematográfico, con un continente que trenzaba imagen real con pasajes animados. Ganador del Óscar al mejor documental, pasó por In-Edit en 2012 y supuso un punto de inflexión, de no retorno, para el género.
“Joe Strummer. Vida y muerte de un cantante”
(Julien Temple, 2007) / (12ª edición)
“Crock Of Gold. Bebiendo con Shane MacGowan”
(Julien Temple, 2020) / (19ª edición)
Habitual en la cita catalana desde sus inicios, Julien Temple se ha ganado su estatus de director de prestigio dentro del género. Desde que existe In-Edit varios trabajos suyos han sido proyectados y aplaudidos en él y podrían formar parte de este repaso. Como es difícil elegir, optamos por un ex aequo con estos retratos, nunca unidimensionales, de dos artistas fundamentales de la escena punk de las islas británicas. Strummer al frente de la institución The Clash y MacGowan liderando la alternativa irlandesa con The Pogues. La primera película se ajusta al trazo biográfico para explicar una figura contradictoria, vitalista e influyente. La segunda celebra la actitud vital inconformista de un poeta punk que comparte tragos con allegados como Johnny Depp, quien además produce la cinta. ∎
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