“Escribir en el agua. Cartas (1930-1992)”, de John Cage, es una traducción (realizada por el artista argentino Gerardo Jorge, autor también del prólogo) de “The Selected Letters Of John Cage” (Wesleyan University Press, 2016). No hay ni que insistir en la importancia capital del Cage (Los Ángeles, 1912-Nueva York, 1992) compositor para la música del siglo XX (véase mi recuerdo a su figura publicado, con motivo de su fallecimiento, en el número 91 de Rockdelux, en noviembre de 1992), pero sí conviene recordar que a esa faceta hay que sumarle otra, no menos importante, como pensador y ensayista. Suyo es “Silence: Lectures And Writings” (Wesleyan University Press, 1961; publicado en España como “Silencio” en 2002 por Árdora) –influyente recopilación de ensayos y textos de conferencias, que transformó la forma de oír música y abrió el camino al arte conceptual–, al que esta otra selección epistolar complementa.
“Escribir en el agua…” es una selección de la “selección” que ya era “The Selected Letters…”. Si el original contaba con 656 páginas, esta edición en castellano realizada por Laura Kuhn, directora ejecutiva del John Cage Trust que preserva el legado del compositor californiano, llega a unas nada desdeñables 470.
Las cartas seleccionadas, que abarcan prácticamente toda la vida de Cage, son como dos libros que van a la par. El primero es el propio corpus de numerosas misivas que Cage escribió y que revelan sus luchas ocultas y sus ideas con personas notables de todo el mundo. El segundo “libro”, menos llamativo pero no menos importante, recorre la parte inferior de muchas de las páginas: son las 659 meticulosas y bien investigadas notas a pie de página –500 menos que en el original– sobre esas cartas reunidas por la editora Laura Kuhn. Hay que mencionarlo, porque es un soberano esfuerzo por identificar qué relación guarda y qué posición ocupa cada destinatario de sus cartas en la vida del compositor. Sin estas referencias, el libro carecería, seguramente, de sentido para el lector que no sepa quiénes son, por citar solo unos pocos nombres, Esther Dick Snell, Águila Veloz, Augusto de Campos, Paul Griffiths, Tito Gotti, Mario Cavista, Luciano Martinengo, Katherine Aune, Thom Holmes, Gerd Zacher, Elfriede Fischinger, Garry Nargi o R.I.P. Hayman. Son la clave para saber a quién conocía Cage y de qué modo configuraban su mundo. Porque otros de los destinatarios de sus cartas no resultan tan desconocidos: Edgar Varèse, Merce Cunningham, Pierre Boulez, Karlheinz Stockhausen, Morton Feldman, Luigi Nono, Luciano Berio y Cathy Berberian, Leonard Bernstein, Marcel Duchamp, Alvin Lucier, Allan Kaprow, David Tudor, el Nobel de Literatura Octavio Paz, Yoko Ono, Joseph Beuys, Conlon Nancarrow o Cy Twombly. Lo sorprendente es que estos grandes nombres son los menos representativos en su correspondencia… (y, ya de paso, se echa en falta notoriamente el índice onomástico que SÍ figura en el original).
“Escribir en el agua…” cuenta detalles asombrosos sobre su estancia en París, donde conoció a Boulez (quien le presentó a Aaron Copland) y llegó a cenar con los duques de Windsor o algunos representantes de la saga banquera de los Rothschild…, pero tenía que ducharse en baños públicos, porque no podía hacerlo en su barato alojamiento. También pidió a su madre que le enviara toallas porque no encontraba ninguna decente en el París de la posguerra.
En otro momento escribe al pianista David Tudor sobre cómo el público abucheaba la obra de Morton Feldman y Christian Wolff, antes de confesarle a Tudor que lo ama. Muchas cartas inciden en sus problemas de dinero. En alguna institucional, sin destinatario, solicita sin cortarse que se le conceda a Merce Cunningham (su pareja desde los años cuarenta hasta su muerte) una beca de la Universidad de Illinois, afirmando que su colaboración artística “ininterrumpida desde 1943” debería ser considerada “como una recomendación”. También abundan referencias a la artrosis que le aquejaba desde principios de los 60 y que le impedía no solo tocar el piano o coger objetos, sino, incluso, dormir por las noches, del dolor. A Yoko Ono le escribe dos cartas el mismo día: en una le agradece el manuscrito de los Beatles que le ha enviado para su Fundación, y en la otra le dice que no está interesado en su “proyecto de ‘nalgas’”, ni en cualquier “otra proyección de ideas o sentimientos obsesivos. Y/o incluido La Monte Y[oung]”. También escribió a Nina Karlweiss sumándose a la petición de la libertad para Bob Wilson, encarcelado en Creta en 1972 por posesión de hachís.
La última carta es para Martine Joste, pianista francesa especializada en clásica contemporánea, y en ella habla de algunas de sus “Number Pieces”, que Joste iba a interpretar. Está fechada el 28 de julio de 1992, le da su teléfono de Nueva York y le dice que estará con ella en Francia en diciembre, pero que no le espere en 1993: “Ya les explicaré”. Poco después de esta carta, el 12 de agosto, fallecía a causa de un ictus, a pocos días de cumplir 80 años. ∎
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