Libro

Lol Tolhurst

Gótico. Una historiaNeo Person, 2025

27. 03. 2025

Resulta casi inaudito que algo tan sumamente amorfo haya perdurado tanto tiempo. Con esta contundente reflexión, el cofundador y antigua mano derecha de Robert Smith en The Cure condensa alguna de las tesis principales de su nuevo libro: la dificultad para definir una subcultura musical del siglo XX tan duradera como el heavy metal o el hip hop. Lol Tolhurst no duda en considerarse “gótico” –por si quedaba alguna duda– y enfoca su segundo libro –precedido por “Cured. The Tale Of Two Imaginary Boys” (2016; publicado aquí por Malpaso en 2018)– como un viaje personal sin ínfulas enciclopédicas, a diferencia del reciente “Temporada de brujas. El libro del rock gótico” (Contra, 2024), de Cathi Unsworth, con el que sí coincide en su esfuerzo por concretar la noción de goticismo y en cierto orgullo identitario. Un detalle muy atractivo de “Gótico. Una historia” (“Goth. A History”; 2023; Neo Person, 2025; traducción de Ainhoa Segura Alcalde) –cuyo título inicial iba a ser “The Lesser Saints” (“Los santos menores”)– es la amenización de su lectura con abundantes fotografías, octavillas y carteles históricos a modo de libro de texto.

Basándose en esa experiencia de primera mano, sitúa el nacimiento del rock gótico –se gestó en la “escena post-punk underground” de finales de los años setenta– y los motivos de su creación –la búsqueda de significado en una época de crisis que desembocó en el thatcherismo–. Pero Tolhurst va más allá y apunta al racionalismo –el cogito ergo sum de Descartes– imperante en la sociedad occidental como el origen de todos los males. La conexión de lo gótico con la filosofía, especialmente el existencialismo, es habitual en este tipo de ensayos, aunque el autor cree que lo gótico excede la mera comprensión intelectual. Por eso acude al “ello” o “id” freudiano a la hora de explicar las pulsiones inconscientes de la creación artística con un hueco, como católico no practicante, para el sentimiento de culpa. Pero el movimiento gótico se relaciona más óptimamente con la literatura. Basándose en los trabajos académicos de Tracey Fahey, su pistoletazo de salida sería “El castillo de Otranto” (1764), de Horace Walpole, cuya segunda edición se subtitulaba “Una historia gótica”. El libro surge en otro contexto secular mucho más crítico que el invierno del descontento inglés como fueron la Revolución Industrial (1760), la independencia de Estados Unidos (1876) o la Revolución Francesa (1789). Lo gótico también casa con el lado más oscuro del romanticismo, estaría influido por el simbolismo francés y muestra una especial predilección por Sylvia Plath. Tolhurst apunta también al expresionismo, la arquitectura –Bolton Abbey o Strawberry Hill House– y otras tendencias culturales disruptivas como la ciencia ficción, el feminismo o el ocultismo. Nada nuevo bajo el sempiterno sol encapotado del universo gótico.

Por lo que respecta a la música, el antiguo batería de The Cure menciona a The Doors –fue el crítico John Stickney quien asignó el adjetivo de “gótico” a un grupo de rock nacido, por cierto, como “Rick y los cuervos” –, Scott Walker –del que ignora sus cuatro primeros álbumes supergóticos en solitario–, Suicide –calificados de “prototodo” con mucho acierto–, Alice Cooper, Nico –Robert Smith solía tocar “Janitor Of Lunacy” en las pruebas de sonido– o el liberador “Low” (1977) de David Bowie. También dedica fichas a su banda, Bauhaus, The Damned, Siouxsie And The Banshees, Cocteau Twins o Joy Division, a quienes dedica 30 páginas; avanza con The Sisters Of Mercy, The Mission, And Also The Trees o All About Eve, siempre bajo un enfoque personal pero sin exhibir un análisis crítico especialmente profundo; para terminar con Nine Inch Nails, Drab Majesty, Cold Cave, Black Marble, los doomers bielorrusos Molchat Doma, Silent Servant, el fenómeno californiano del deathrock o transversalidades como el modisto angelino neogótico de origen mexicano Adolfo Sanchez. Su hijo Gray Tolhurst, mencionado en el libro como colaborador, puede que haya tenido un papel prescriptor en los referentes más próximos.

Su padre centra las meditaciones en el poder transformador de la resiliente tribu gótica con un tono épico pero aportando alguna idea sugerente: si el amor y la muerte son los temas recurrentes del pop, la música gótica suele hablar de ambos “en la misma canción”. Pero son anécdotas como la visita catártica de Tolhurst a la tumba de Jim Morrison en París –lo salvó de ingresar en el infausto Club de los 27–, sus recuerdos del club londinense The Batcave o el verano compartido en un centro de desintoxicación con Andy Fletcher, de Depeche Mode, las que impulsan un relato presidido por la reiteración de ideas, como si se hubiese escrito del tirón. Aunque puede que haya faltado algo de edición en ese sentido, Tolhurst consigue hacerse comprender. Si hubo un gótico que encarnara mejor el pesar de la existencia, ese fue Lol Tolhurst –a pesar de que la abreviatura de su nombre de pila signifique “risas” en inglés–. Al fin y al cabo, Robert Smith era hijo de un rico empresario, indica su viejo amigo, que abandonó la banda en 1989 por culpa de una potente dipsomanía. El impulso reivindicativo alcanza el propio ritmo como rasgo distintivo del rock gótico y lo adereza con apreciaciones barrocas como “queríamos que la batería fuese como la salpicadura en un cuadro” o “yo tocaba con la urgencia del punk y la tristeza de Plath”.

Lol no disimula un agradecido sentimiento de pertenencia: “Algunas personas ven la oscura música gótica como una fuerza destructiva del universo, pero yo creo que se equivocan. Reconocer el lado oscuro puede dar lugar a una nueva manera de existir y, en algunos casos, de engendrar una nueva vida”. En el penúltimo apartado, se hace hincapié en lo gótico como fenómeno social con múltiples ejemplos de integración de estas personas inconformistas, valientes, románticas y melancólicas –no bichos raros, pervertidos, cenizos, mórbidos desdichados–. Los que Tolhurst llama “góticos ancianos” se mantienen jóvenes gracias a su ilusionante condición y no a un mordisco vampírico. Hablamos de un movimiento inclusivo que no obliga a disfrazarse de Tim Burton cada Halloween: hasta estos reclutas a tiempo parcial son bien recibidos. Pero no es necesario llevar los pelos como una abubilla enlutada para sentirse “gótico”: Tolhurst señala a The Smiths y temas como “I Know It’s Over”. Morrissey cantaba en “Unlovable”: “I wear black on the outside ‘cause black is how I feel on the inside”. Observando su evolución musical, parece que la consolidación popular del rock gótico ha sido paralela a una pérdida de calidad. Pero siempre nos quedarán algunos discos y canciones magistrales en las que Lol Tolhurst tuvo mucho que decir, contribuyendo a configurar una sensibilidad juvenil que todavía despierta la pasión de sentirse diferente: “La última subcultura alternativa auténtica contra el autoritarismo opresor”. 

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