Libro

McKenzie Wark

Amor y dinero, sexo y muerteCaja Negra, 2025

28. 03. 2025

La teórica australiana McKenzie Wark (Newcastle, 1961), en sus narrativas experienciales, anda buscando tiempos –“Raving” (Caja Negra, 2023)– y posturas –“Vaquera invertida” (2020; Caja, Negra, 2022)–, siempre inapropiadas, para que nos distorsionemos hacia otras ópticas posibles. Es consciente de que los cuerpos, como los textos y los recuerdos, son fuentes a las que recurrimos habitualmente en busca de reedición. Ha descubierto que contarnos a nosotras mismas es una labor de vida. A diferencia de los “grandes escritores”, no busca las verdades universales, sino las grietas por donde romperlas y volverlas a contar, una y otra vez, década trás década. Con los años nuestros ojos no leen mejor, leen distinto. Aquí hay una sinopsis subjetivada del tercer suplemento de su autobiografía fragmentada: “Amor, dinero, sexo y muerte” (“Love And Money, Sex And Death”, 2023; Caja Negra, 2025; traducción de Lola Copacabana).

Nuestros yo pasados posiblemente sean versiones largamente editadas. Déjame ver qué puedo reconstruir”. Y con esta premisa inicia una relación epistolar con sus yoes anteriores, con sus interlocutoras también largamente editadas que toman la forma de amantes, exparejas, némesis, madres, hermanas y amigas dionisíacas o terrenales. Un formato de memoria en segunda persona e íntimamente vinculado a lo femenino. Las cartas, como los diarios personales, son, al fin y al cabo, un medio para el volcado de las emociones y, por lo tanto, asociadas estrechamente a nuestra esfera. Una práctica más de lo que McKenzie promueve como el “femmunismo”, un sistema en construcción que comunica con todas las identidades cercanas a lo “femme”, otra forma de ordenación. Y creedme que necesitamos urgentemente otras taxonomías, temporalidades y posicionamientos frente a un mundo neutralizado por la objetividad y los inamovibles. También por las categorías. Una de las grandes críticas que hace Wark aquí es sobre la inverosimilitud de los signos: son injustos porque es imposible hacer justicia a los ideales con nuestras corporalidades. También los signos se quedan injustamente alineados cuando se comparan con la vida. Nadie ni nada se hace aquí un gran favor.

En este proceso de poner otro orden a su vida, siempre en transición –léase el término con todas sus complejidades–, McKenzie se pregunta si su madre –que murió cuando ella era niño– la querría a lo largo de todos sus cambios identitarios, espeja otras formas de maternidad en su hermana e incluso en sí misma, habla de platonismo con su compañera trans femme blanca (Verónica) y reconoce dinámicas queer en deidades antiguas (como Cibeles). Pero lo mejor, y que poco se comenta en las reseñas de sus obras, son las fuentes. En cada nueva publicación de Wark hay otras mil referencias de las que tirar, demostrando que sus investigaciones laterales, sus realidades paralelas, son fruto de comunidades enteras cuyo trabajo está latente, pero no siempre visible, en las políticas de nuestro día a día. Así que empecemos con ella y continuemos con Akwaeke Emezi, Cecilia Gentili u otras pioneras como Saidiya Hartman o Susan Stryker. La biblioteca de las narrativas alternativas está sobre la mesa y parece que, si quieres comer, el banquete está servido. ∎

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