Álbum

Adrian Crowley

Measure Of JoyValley Of Eyes, 2025

01. 04. 2025

El viajado cantautor irlandés Adrian Crowley, de origen maltés por parte de madre, es un veterano músico que desde Dublín expande spleen existencial en canciones de una gran carga emotiva, potenciada por su grave voz de barítono, que moldea a voluntad para convertirse en un crooner de duermevela y también en un recitador sigiloso. Ya lleva años en el negocio y antes de dedicarse a la música se interesó por otras disciplinas, como arquitectura, ilustración, pintura y fotografía. Publicó su primer álbum, “A Strange Kind”, en 1999. El segundo, “When You Are Here You Are Family” (2001), lo pudo grabar en el estudio de su héroe Steve Albini, en Chicago. Siempre en la más estricta escena independiente, publicó “A Northern Country” (2004) con escasa repercusión. Tuvo que llegar “Long Distant Swimmer” (2007) para que se empezara a hablar de él como el Bill Callahan de este lado del Atlántico, o el mejor cruce entre Van Morrison y Red House Painters, sin obviar momentos con la grandeza de U2. Junto a James Yorkston graban un tributo a Daniel Johnston a modo de mini-LP.

Sin embargo, el éxito se le resistía. En el quinto, “Seasons Of The Sparks” (2009), que ganó el Choice Music Prize como el mejor disco irlandés del año, se hace evidente la influencia de Leonard Cohen en canciones lentas y mayestáticas, de un elaborado barroquismo pop. El octavo, “Dark Eyes Messenger” (2017), lo grabó en Nueva York con Thomas Bartlett a los mandos; este pianista curtido con The Magnetic Fields, Martha Wainwright o Sufjan Stevens, entre otros, insufló al sonido solemnidad sin perder un ápice del dramatismo de mesilla de noche habitual en Stuart Staples al frente de Tindersticks. Había encontrado un sonido propio que ahora pule y mejora en su décima entrega con la ayuda de dos amigos, John Parish y Nadine Khouri; esta cantautora también ha trabajado con el productor talismán de Bristol, a los mandos de sus dos álbumes: “The Salted Air” (2017) y “Another Life” (2022). Los deliciosos coros de ella en el tema titular lo ayudan a insuflar algo de groove a la ensoñación que impregna una melodía que empieza aclarando “It’s funny I never knew the true measure of joy” (“Es curioso, nunca supe la verdadera medida de la alegría”). Tanto Parish como Khouri ya habían trabajado con él en “The Watchful Eye Of The Stars” (2021) y su compenetración es absoluta.

En la poética visita al cementerio que supone “Cherry Blossom Soft Confetti”, arropada por suntuosos arreglos de cuerda y al mismo tiempo con un grácil ritmo que conecta con la música brasileña, es de nuevo una voz femenina la que le ayuda a reforzar un mood que es introspectivo y a la vez exuberante. En la más pensativa “Tangled”, con una melodía rubricada por un clarinete que toca él mismo, repite “I wonder if you know I’m tangled in your shadow” (“Me pregunto si sabes que estoy enredado en tu sombra”), en una letra llena de referencias a la naturaleza en la que reconoce, con cierto masoquismo metafórico, “I could free myself / From the dark tendrils that cling to me / If I didn’t find them so exquisite” (“Podría liberarme / De los oscuros zarcillos que se aferran a mí / Si no los encontrara tan exquisitos”) en un tono vocal que es como Mark Lanegan dopado.

En la fantasmal y casi recitada “Swimming In The Quarry”, que con sus siete minutos se convierte en la más extensa del lote, nos adentra en un juego de espejos de la memoria, en sus ganas de repetir aventuras prohibidas y arriesgadas, nadando a medianoche en la cantera, bajo las estrellas y la basura espacial y frente al abismo, “just you and I”. De los tiempos en los que vivió en Francia surge la narrativa “Genevieve Of The Mountain”, solemne y a la vez trotona; una historia que sucede en la “city of light” (París), con una misteriosa antagonista, que parece sacada de una novela de Wilkie Collins, a la que el protagonista pregunta “Is there truth to the rumour you met The Grim Reaper Late one night on an empty platform” (“¿Es cierto el rumor de que conociste a The Grim Reaper una noche en una plataforma vacía?”) –The Grim Reaper es la Dama de la Guadaña– en un tema que podría firmar Nick Cave y que, según su autor, es “una especie de canción devocional de obsesión febril” y crescendo mayestático.

La miniatura “Drunk Of Promises” es como un compungido tema folk en el que cambia por completo el tono de su voz, volviéndose más agudo e implorante. La arrastrada “Deep Dark Blue” está decorada con un melotrón distante, precediendo una guitarra que se expande como un eco y con la voz de Khouri apenas perceptible. Una tristeza total impregna “The Trembling Cup”, mecida por cuerdas y en la que destacan los árboles sicomoro –otra conexión con Bill Callahan– que en la antigua Grecia estaban asociados a la diosa Hera, siendo además un símbolo de fertilidad y abundancia. Bajo ellos y en la orilla de un río, el narrador hace un cuenco con sus manos para llenarlas de agua y beber “y mientras observaba los pequeños remolinos cruzar mi palma, acuné mi propio reflejo oscuro y su corona estrellada, y la brillante y afilada luna en forma de hoz colgaba sobre mi cabeza. Y me sentí como el sediento hijo perdido que regresa de entre los muertos”.

Crowley se comporta como un demiurgo, una palabra que literalmente significa artesano supremo, un creador de mundos que con pocos elementos construye grandes canciones que parecen difuminadas entre la niebla, como es el caso de “Transmission Lost”, transitando por un estado de duermevela como en el que parece hallarse el autor en la portada, esperando un reconocimiento que con justicia se merece. ∎

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