Hace unos veinte años despuntaba Benjamin Biolay con aquel glorioso debut en forma de “Rose Kennedy” (2001), álbum concepto que incluye la maravilla pop “Les cerfs-volants”. Diez discos de estudio después, su obra abarca también las bandas sonoras y canciones y arreglos para Françoise Hardy, Juliette Gréco, Henri Salvador, Keren Ann o su hermana Coralie Clément. Con un apabullante dominio de las tablas y un songwriting que le permite moverse con igual soltura en la atmósfera de Serge Gainsbourg que en el glamur de la escuela David Bowie.
Biolay es un seductor, un “Trash yéyé”, como indica el título de su disco de 2007. También un dandi y un chansonnier, sombrío a veces, luminoso otras, que ha dejado atrás su aristocrática etapa junto a Chiara Mastroianni y una turbulenta época bonaerense, antes de volcarse en la vena pop que inauguró con su anterior “Grand Prix” (2020), título que es una declaración de amor por los bólidos de carreras y por premios como el que se desarrolla en el circuito de Spa-Francorchamps; un pop que es pura brisa fresca, entre ritmos funk y destellos sintéticos, como esa delicia neodisco llamada “Pieds nus sur le sable”, o el spleen que desprende “De la beauté là òu il n’y en a plus”. Es crooner, amante del swing y artesano del rock, capaz del más sutil arreglo y también entregado al trazo grueso del “Petit chat”.
Biolay es un personaje poliédrico, capaz de dedicar un disco a Charles Trenet y de enzarzarse en versiones de clásicos de la chanson junto a Melvil Poupaud. Es un hombre que respeta a los héroes, pero “Saint-Germain” es tan gainsbourgiana como biolayesca. Tampoco tiene problema en dejarse llevar por los efluvios psicodélicos de “Números magiques”, sin olvidarse del groove, aunque con un sonido oscuro y analógico. Es un entertainer que hasta puede sonar gótico, pero que donde mejor se encuentra es en ese punto confidencial que indica “Pourtant”, una turbia balada, adornada con despliegue orquestal y electrónico, ejemplo de una personalidad sin cortapisas, que se deja llevar hacia fugas eróticas, como la agridulce y decadente “Mort de joie”, en la que tiene como partenaire femenina a Nathy Cabrera. Otro dueto lo hace con Clara Luciani, encargada de poner candor a “Santa Clara”, también adornada con un mar de arreglos de cuerda.
Que sea genuinamente francés no le impide fijarse en el pop al estilo new wave en un “Forever” de radiante estribillo y guitarras afiladas. Para a continuación desarmarnos por completo con el pop naíf y minimal de “La traversée”, otra andanada de tristeza, a lo bossa nova de banda sonora crepuscular, para curarse de la maldad que condena a tantos a perecer ahogados en su búsqueda de un futuro mejor. Benjamin Biolay sabe lamerse las heridas, del amor y las otras, con un aura felliniana, tal como indica la portada y las fotos del disco. “Saint-Clair”, cierre del álbum y affaire de pop contemporáneo, arrebatado y sintético, hace referencia a una montaña que hay en su adorada Sète, donde de pequeño pasaba los veranos y donde se compró una casa.
Es un disco en el que cabe el pop susurrado y acústico de “Sainte-Rita” y cuyo primer single, “Rends l’amour!”, suena a mezcla de Arthur H con disco-house y unos arreglos de cuerda neoclásicos. El segundo, “Les joues rouses”, tiene una gran tersura guitarrera con crescendo de aúpa. Y el tercero, “(Un)Ravel”, es casi un recitado con leve piano y otros instrumentos apenas insinuados; su voz se basta y sobra para conseguir el charme y la nonchalance que desprende la canción. Biolay, a punto de cumplir los 50 años, sigue siendo un príncipe de la melodía, un erudito en la senda de los clásicos, al que no le tiembla el pulso para incorporar nuevos aromas que sirven para enriquecer un canon al que guía la máxima latina que abre el disco: “Calidum cor, frigidum caput” (Corazón cálido, cabeza fría). ∎
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