Imagínense a una Nico liberada de sus servidumbres tóxicas, a una Annie Lennox poseída por la sobriedad, a una Diamanda Galás repartiendo brujerías en modo cuatro octavas, a una Björk sinfónica desprendida de los gorgoritos, a una Mónica Naranjo comprando ropa en Zara, a Billy MacKenzie resucitado o al Scott Walker menos obtuso haciendo de las suyas con una orquesta. Todo esto transmite la síntesis que Haley Fohr, es decir, Circuit des Yeux –también Jackie Lynn–, un proyecto individual en constante evolución, ha creado con su ya sexto álbum en estudio.
La concentrada artista de Indiana, que ha circulado por la crema y nata de los sellos independientes estadounidenses –De Stjil, Thrill Jockey y Drag City–, recala ahora en Matador con su trabajo más complejo hasta la fecha, al menos por lo que concierne al empleo de veinticuatro piezas de viento, cuerda y metales. “-io” es uno de esos discos densos y ominosos que te repiensas antes de darle al play, con unos presupuestos maximalistas manejados con maestría por esta artista de 32 años afincada en Chicago cuya imaginación y remanente sensibilidad folk saben aliviar el peso de lo que se entrevé sombrío y extático.
Escuchando el inmediato“Reaching For Indigo” (2017), la aproximación no ha cambiado mucho, quizá solo los medios y la confianza, que no es poco. Pues Fohr sigue desplegando en su música un imaginario simbólico y conceptual esteticista y experimental, también descarado y provocativo, que se apoya en sus creencias místicas –donde el budismo, el color naranja-crepúsculo y su primera verdad, que la vida es sufrimiento, ocupan un lugar central–, en su presencia algo andrógina, en el contralto de su entrenada voz y en ese punto justo de accesibilidad melódica tan útil para penetrar en los hogares del público menos esnob. Con tanto fantoche circulando por ahí, lo de Circuit des Yeux no es cálculo sino valentía. Y esto incluye su próxima aparición en el templo posmoderno del Barbican junto a la Orquesta Contemporánea de Londres.
Ya resulta cansino decir que el álbum de turno se completó en mitad de la pandemia. Por si esto no fuese suficiente, se añade un diagnóstico de trastorno crónico por estrés postraumático agravado en confinamiento y una “pérdida personal” –su abuela enferma y un amigo por suicidio– cuyo dolor atraviesa las diez piezas de “-io”. Musicalmente, ecos de dream pop y kraut conviven con el indie rock, detalles sintetizados y un lirismo sinfónico que permite soñar con el optimismo a pesar de la enorme carga emocional e intelectual en juego.
Un disco con títulos graves –“Sculpting The Exodus”, “Dogma”, “Vanishing”, “Oracle Song” o “Neutron Star”– que se emplaza en algún lugar entre la música cósmica norteamericana y cierta vanguardia europea –atentos a piezas como “Walking Towards Winter”–, Anna von Hausswolff, sor Antony Hegarty y alguna misteriosa cantante de Oriente Medio, la música de cámara, el pop y casi todo lo que no es pop. Poderoso y circunspecto, emocional y catártico, el genio gótico de Fohr no ha hecho más que despertar al mundo de los vivos. Pueden pedir un deseo, santiguarse o salir corriendo; eso ya no depende de ella. ∎
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