El caso de Pauline Anna Strom (Baton Rouge, Luisiana, 1946–San Francisco, 2020) es uno de esos ejemplos perfectos de artista al que solo le faltó lo accesorio para llegar a ser ampliamente conocido, porque lo fundamental, la calidad de su trabajo, ya estaba ahí. En los últimos años estamos viendo intentos de redescubrir la obra de grandes músicos fallecidos e injustamente olvidados, como es el caso de Julius Eastman o Moondog, y a esa lista podríamos añadir a Paulina Anna Strom (nacida Tuell), de quien ahora se publica una caja retrospectiva titulada “Echoes, Spaces, Lines” que engloba sus tres primeros discos –“Trans-Millenia Consort” (1982), “Plot Zero” (1983) y “Spectre” (1984)– y un álbum inédito, “Oceans Of Tears”, que solo se incluye en el formato físico: en las plataformas se pueden escuchar los otros tres álbumes y “Quiet Joy” y “Domestic Peace”, dos de los temas de “Oceans Of Tears”.
Nacida ciega en el seno de una familia sureña católica, Strom encontró en los sintetizadores –ya casada, a los 30 años– una forma de crear música que reflejaba su complejo paisaje interior, que no se limitaba al presente sino que vagaba libremente por el tiempo y las emociones, inspirado por las composiciones de Klaus Schulze y Tangerine Dream –los pioneros de la música planeadora– y el creador del concepto ambient, Brian Eno. A principios de los ochenta publicó su primer álbum, “Trans-Millenia Consort”, que también quiso adoptar como nombre artístico: “Me considero ‘Trans-Millenia Consort’ –escribió en la contraportada del disco–, nombre por el que deseo que se me conozca. Para mí es la manifestación personal de que he vivido vidas anteriores, de que estoy en esta vida actual y de que en vidas futuras seré una consorte musical del tiempo”, idea que ella ampliaba afirmando sentirse en sintonía con “las profundidades del pasado antiguo y los lejanos confines de un futuro universal inexplorado”.
Incluida en el saco de la música new age, un género con el que no se sentía identificada –lo calificaba en 1986, en una entrevista para la revista ‘Eurock’, de “propaganda de mierda”, con una estructura empresarial “tan corrupta, política y superficial como en cualquier otro lugar”–, Strom tenía, en realidad, más influencia de Tangerine Dream –y de Bach y Chopin– que de otras músicas, y no le hacía ascos a la experimentación. De hecho, “Emerald Pool”, el primer tema de “Trans-Millenia Consort” se abría con el sonido del agua de un cuenco que ella removía con una mano mientras que con la otra sujetaba el micrófono que grababa el resultado. Este primer disco es el más variado de su trayectoria y, tal vez, el más naíf, ya que abarca piezas escogidas de sus primeros años de investigación autodidacta –en aquella época, los equipos electrónicos de música, se quejaba, no venían con instrucciones en braille–, con resultados profundamente melódicos, evocadores e imaginativos; recuerden: es ciega de nacimiento y todo se componía y se grababa –Strom grababa a medida que componía, lo que hacía que sus piezas evolucionasen de un modo que le resultaba imposible reinterpretarlo de nuevo– en el estudio que montó en su casa del céntrico pero depauperado barrio del Tenderloin, en San Francisco, donde vivió hasta su muerte.
El segundo de sus discos, “Plot Zero”, muestra mucho más el influjo de la música planeadora y una pulsión rítmica tecno realmente interesante. El título de dos sus piezas –“Mushroom Trip” y “Freebasing”– puede hacer pensar en el influjo, también, de las drogas, pero ella decía que no, que no las consumía y que todo es el resultado de su creencia en que es posible “usar la música para expandir la mente sin usar drogas”, como se leía en su contraportada.
En el tercer LP, “Spectre”, las ondas panorámicas de “Spatial Spectre” nos remiten más al Brian Eno de “Ambient 4. On Land” (1982), mientras que el tono general del disco es, dentro de la serie, mucho más oscuro y misterioso que los anteriores, con títulos, incluso, tenebrosos: “Blood Thirst” o “Blood Celebrants”. Venía inspirado por los audiolibros de ficción gótica de autores como Anne Rice y su fascinación por las “misteriosas leyendas de vampiros”, que fusionaba en el disco con ideas de “violencia contemporánea y desolación”, conjurando su atmósfera con lo que ella describía como “un susurrante brillo de acero, de frías temperaturas árticas y [sus propias] elusivas voces interiores”.
El último de los discos de la caja, “Oceans Of Tears”, corresponde a una cinta de casete sin datar, y que se encontró en la casa de Strom tras su fallecimiento, y que, por su sonido, podría tratarse de piezas grabadas entre 1982 y 1983, nunca publicadas, ni en LP de vinilo, como los otros tres, ni en casete, como las cuatro obras que sí publicó en 1988 –“The Moorish Project”, “Japanese Impressions”, “Aquatic Realms” y “Mach 3.04” –, y que supusieron su adiós casi definitivo a la música: en unas circunstancias económicamente penosas se vio obligada a vender todos sus equipos electrónicos y hasta su colección de discos.
En 2017, su nombre fue rescatado por una serie de seguidores, entre los que se encontraban músicos como Caroline Polacheck, Oneohtrix Point Never o Kaitlyn Aurelia Smith, y Matt Werth, fundador de RVNG y dueño de la tienda de discos Commend, en Nueva York, y este decidió publicar un recopilatorio de su trayectoria, “Trans-Millenia Music” (2017), reseñado en estas mismas páginas por Marcos Gendre. La repercusión de ese lanzamiento posibilitó que Strom volviera a comprarse equipo e inició nuevas composiciones, que conformaron “Angel Tears In Sunlight”, un disco que, desgraciadamente, se publicó a principios de 2021, dos meses después de su muerte. ∎
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