En el documental “The Triumph And Tragedy Of Martin Phillipps” (2019) una doctora le comunicaba que el hígado, funcional solo al 20%, comprometía seriamente su supervivencia, pero el compositor, cantante y guitarrista de los neozelandeses The Chills, que finalmente murió a los 61 años el 28 de julio de 2024, disfrutaba en los años 2010 de una nueva vida con su banda en el sello británico Fire Records, donde publicó excelentes trabajos como “Silver Bullets” (2015), “Snow Bound” (2018), “Scatterbrain” (2021) o este último, “Spring Board. The Early Unrecorded Songs”.
Para el nuevo proyecto, Phillips decidió bucear entre sus viejas cintas donde sabía que se apolillaba un buen puñado de gemas en bruto. No era la primera vez que el genio de Wellington recuperaba material clasificado. En solitario cuenta con “Sketch Book. Volumen One” (1999), donde hizo una poda entre las doscientas maquetas guardadas del período 1988 a 1995, y “Secret Box. The Chills’ Rarities, 1980-2000” (2001) contenía tres CDs de rarezas, el primero de los cuales, dedicado a tomas reguleras en directo, contenía trece de los temas que ahora salen a la luz en “Spring Board. The Early Unrecorded Songs”.
Dado que Phillipps falleció antes de la finalización del disco, el noveno álbum de The Chills puede considerarse más que nunca un trabajo colectivo en el que han participado una legión de colaboradores con Tom Healy en la producción y su última formación: Todd Knudson (batería), Erica Scally (violín y teclados, tan presentes siempre en el sonido del grupo), Oli Wilson (teclados) y Callum Hampton (bajo). Se supone que el camino difícil consiste en crear canciones nuevas, pero “Spring Board” se convirtió en un complicado trabajo de archivo que supuso recomponer a veces meros bocetos y actualizar viejos textos con la visión de hombre de 60 años en una encrucijada existencial.
Temas como el electro pop a lo Magnetic Fields del explícito “I Don’t Want To Live Forever”, escogido para cerrar el disco, entrarían en esta categoría. Apoyado en el estribillo por un coro infantil, Phillipps canta con trágico humor terminal “I don’t want to live forever and I’m going to die alive”. Un gesto sobrecogedor no tan raro en estos órdenes. Recordemos a otros bromistas profesionales hasta el final como Lee Hazlewood –“Cake Or Death” (2006)–, Leonard Cohen –“You Want It Darker” (2016)– o David Bowie –“★” (2016)–, solo que estos eran más ancianos.
Piezas con ideas brillantes como “Stay Longer” no acaban de alcanzar un desarrollo convincente y terminan por desinflarse confirmando la razón por la que quedaron descartadas en origen. No aparecía en “Secret Box”, a diferencia de “Slime” o “Such Self Pity”, que también se quedarían en el limbo por razones similares. La rehabilitación de las preciosas “Juicy Creaming Soda” o “I Saw Your Silhouette” ha consistido en domesticar su ímpetu juvenil permitiendo aflorar la melodía, mientras que otras también presentes en “Secret Box” han conservado la estructura original, puesto que ya eran buenísimas hace cuarenta años: “Learn To Try Again”, “The Other” o especialmente “Dolphins”, segundo adelanto del álbum. Con su vida exultante, conmovedora letra y tonificante melancolía, fue probablemente una de las composiciones que inflamaron las ganas de rebuscar.
Que el neozelandés tenía una gran capacidad para concebir melodías pegadizas, dinámicas eufóricas y letras a menudo complejas con una base de new wave psicodélica queda patente en “Spring Board. The Early Unrecorded Songs”. “And When You’re There”, “Bad Eggs”, “Watching Old Home Movies” o “If This World Was Meant For Me” –que suena entre The Doors y una canción perdida de David McComb– eran temas que se desgañitaban por salir a la luz en buenas condiciones. Otros desconocidos como “Lio Tamer” –fuera de la norma a base de trémolos, violines y texturas atmosféricas–, “Steel Skies” –con esos ganchos del pop sixties que tan bien gestionaba Phillipps– o la consoladora y maravillosamente arreglada “I’ll Protect You” remiten al mejor pop-rock hecho en las antípodas (y más allá) en aquellos años ochenta junto a The Church, The Go-Betweens o The Triffids. “Spring Board” sería una obra maestra póstuma de haber salido en formato simple, puede que con algo más de la mitad de las canciones –son 20 las que han ocupado el precioso doble disco de vinilo–, aunque el resto habrían salido a la venta, con justicia, tarde o temprano. En todo caso, el álbum representa un gran broche final a la discografía relativamente escasa de un talento musical indiscutible. ∎
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