Álbum

Weyes Blood

And In The Darkness, Hearts AglowSub Pop-Popstock!, 2022

23. 11. 2022

Da más la sensación, porque sobran las improntas de ello, de que en la cultura actual hay demasiada tendencia a minusvalorar la experiencia, la tradición, todo aquello que no tenga pátina de contemporáneo, de novedad que llega con el lazo puesto. La tecnología digital y su absolutismo nos han volteado tanto que a veces parece que ya (nos) conducimos sin retrovisor. Que el transhumanismo y el dios de los ateos nos cojan confesados. Pero tranquilos, que esto no va de alborotos teológicos ni de defender la celebración del Toro de Júbilo de Medinaceli.

Esto va de que la estadounidense Weyes Blood acaba de publicar su quinto disco, “And In The Darkness, Hearts Aglow”, esplendoroso, cuya escucha me ha hecho esquivar todos los males del párrafo anterior, porque en su decena de composiciones se me han aparecido con plena calidez las auras de Carly Simon y Karen Carpenter, como si fuesen brumas que se levantasen desde aquella West Coast californiana que vio nacer a Weyes en 1988, cinco años después de que Karen falleciera. Aficionados a la clariaudencia, la clarisencia y las transmigraciones de almas, aquí tenéis material para vuestras disertaciones (ah, y no olvidéis que Weyes, además, fue cantante en una banda llamada Satanized).

Sin embargo, no es este un álbum de espíritu retrospectivo. Todo lo contrario: es un pleno reflejo de nuestro tiempo. Concebido como la segunda entrega de una trilogía –en teoría, de creciente optimismo en sus letras: pero este no acaba de llegar– que comenzó con (el también espléndido) “Titanic Rising” (2019), mientras que hace tres años aquel se refería a temas como el cambio climático, la añoranza de la niñez y el miedo a desesperanzarse a medida que esta va alejándose (“nacida en un siglo perdido en los recuerdos, de “A Lot’s Gonna Change”), o a la dificultad de amar y ser amado en tiempos de online dating, Blood suma ahora a todo eso la barahúnda dejada por la pandemia, ese mar revuelto sobre cuya superficie los algoritmos no dejan de crecer, a la deriva (“ha sido un año largo y extraño, todos dijeron que perdieron lo que pensaban que tenían, perdimos nuestras voces”, de “The Worst Is Done”).

A esas cartas que Weyes nos escribe y que no disimulan ni su desolación ni su confusión, aunque con muy puntuales rayos de esperanza (sin ir más lejos, su mismo título: “Y en la oscuridad, los corazones brillan”), va aplicando lenitivos sonoros en forma de pop barroco sutil (parece una contradicción, pero es un oxímoron), clásico (hay cuerdas reales, hay clavicordios) pero actual (hay cuerdas sintéticas, está Daniel Lopatin de Oneothrix Point Never en “God Turn Me Into A Flower”), que nos va meciendo cósmicamente el tímpano, haciéndonos creer que, tal vez, al menos mientras estemos escuchándolo, durante esos cuarenta y seis minutos y medio de bella majestuosidad, podremos escapar de ese feo destino al que sus temas se encuentran condenados. Quedamos a la espera del fin de la trilogía. ∎

Contenido exclusivo

Para poder leer el contenido tienes que estar registrado.
Regístrate y podrás acceder a 3 artículos gratis al mes.

Inicia sesión

Contenidos relacionados