A lo largo de los años, la vida de Julio Iglesias ha sido un juego entre la persona aparentemente corriente y el personaje deslumbrante, una yuxtaposición sugestiva para las clases medias, sean precarias o con posibles, que encuentra su cenit en la consecución del éxito. Iglesias ha sabido cómo hacer publicidad de su marca, que no es otra que él mismo.
Un joven espigado, Julio Iglesias de la Cueva (Madrid, 1943), nacido en el seno de una familia de clase media, hijo de médico y ama de casa, aspira a ser un cantante melódico de referencia que ansía comerse el mundo. Ese deseo se volvió verbo en 1968, en el Festival Internacional de la Canción de Benidorm. Un tema escrito por el propio intérprete, “La vida sigue igual”, ganó el certamen. Y cuando el terruño se le hizo pequeño, se fue a hacer las Américas.
“El español que enamoró al mundo. Una vida de Julio Iglesias” es la materia de estudio del relator. El prólogo apunta alto y claro las intenciones de Ignacio Peyró (Madrid, 1980), actual director de la sede romana del Instituto Cervantes, que antes estuvo en la delegación de Londres. El autor del homenaje a la gastronomía “Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida” (Libros del Asteroide, 2018) proyecta un relato refrescante y sin prejuicios, ni tintes hagiográficos, en el que no falta un acertado análisis sobre un cantante que se puede permitir ser votante de derechas, actitud que no penaliza ni su imagen ni sus negocios. Y como cantante, Iglesias ha sido un hombre con una misión. Para ello ha invertido su vida. La cumbre de ese empeño para ser reconocido en el mercado anglosajón de la canción romántica es, según el prosista, su álbum “1100 Bel Air Place” (1984).
El narrador, que admite que intentó en dos ocasiones entrevistar al cantante sin conseguirlo, acude a Hans Laguna, músico y doctor en sociología, autor de “Hey! Julio Iglesias y la conquista de América” (Contra, 2022), para descifrar el porqué del éxito de un cantor que llegó a ser una marca en sí mismo.
El escritor madrileño dedica páginas al desmantelamiento de un personaje, entendido de manera transversal, de enorme reputación mercantil. “Quería ser un cantante de mayorías”. Aspiraba a que “la gente oyera un fragmento de sus canciones mientras esperaba el telediario o que vieran su rostro en los folletos con las ofertas del súper”. El intérprete se dirige a un público acomodaticio, que se siente más cómodo en el entretenimiento que frente a la exigencia musical. Se expresa con apuros en inglés y atropella cualquier otro idioma. Incluso en castellano, como apunta Peyró, no siempre se entiende lo que dice. Más allá de un registro vocal monocorde y del posado rígido en los escenarios, Columbia Records vio una oportunidad de mercado para financiar una voz latina y el escogido fue él: “Tuvo mucho dinero y no menos gente remando a su favor”. El mundo latino ya lo había acogido con los brazos abiertos. La industria del disco reconoció sus méritos con la concesión del premio Grammy a toda su trayectoria en 2019.
Para el mundo del espectáculo, Julio Iglesias ha sido una máquina de hacer dinero. Desde esa perspectiva, el éxito profesional resulta embriagador. Sin embargo, para convertirse en banda sonora se necesita disponer de canciones que dejen poso, no una memoria transparente, sino un sedimento emocionalmente sólido. Y no parece que sea el caso. “Para no engañarse, la pegada de Julio en los medios iba a tener que ver más, según lo esperado, con el género de la frivolidad que con la historia cultural”, cierra el escritor.
La narrativa elegante, no exenta de humor e ironía, apela más a la superficialidad que a la trascendencia. El triunfo del cantante puede estar en su calculada ambigüedad, su aislacionismo y su relación con las mujeres. En ese apartado, los acólitos de las notas de sociedad encontrarán jugosos detalles bien documentados sobre su entorno, que ocupan parte del texto de Peyró, que alegrará a los convencidos y sorprenderá a los escépticos. De momento, el mejor recuerdo lo ofrece el trío Tricicle, que, en su espectáculo “Manicomic” (1982), escenificó como nadie la canción “Soy un truhan, soy un señor”.
Peyró no contempla un encuentro revelador entre Iglesias y Miguel Bosé, llamado a ser su sucesor, por deseo expreso de CBS, la compañía discográfica de ambos. A mediados de los ochenta, Bosé soporta esa presión mientras arrastra una crisis creativa. Acepta la invitación de ir a Miami para aclarar sus ideas y, en la amistad que los une, atender los consejos de Iglesias, que, según la ficción del tercer capítulo de la serie “Bosé” (2022), de Nacho Faerna, se resumen en un contundente “sé tú”. El coautor de “Sevilla” encontró en ese retiro la manera de construir algunos temas que serán referenciales para el pop melódico en castellano.
En el otoño de sus días, la sensación es más de olvido que de trascendencia. Solo hay que echar un vistazo a las respectivas páginas web de la multinacional y la de Julio Iglesias. No obstante, el octogenario cantante no ha perdido el tiempo, ya que posee un acuerdo con Netflix para realizar una docuserie. “Su vida ha tenido esas vueltas y revueltas que hacen cualquier vida inexplicable. El apellido ‘Iglesias’ tal vez ya remita a su hijo más que a él”, concluye Ignacio Peyró. ∎
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