Un músico talentoso del siglo pasado lo confesaba hace poco: “A Tino Casal no le hacíamos ni caso porque, como llevaba barba, no nos parecía nada moderno”. Prejuicios como ese, y otros de similar simpleza, situaron a Casal en una tierra de nadie y lo convirtieron en una isla misteriosa y rutilante, en un eco voraz ajeno a la movida (pese a que su casa fue colchón y fogón de los mejores polvos y platos de esa historia) y distante (por distinto) de la escena oficial del pop español. Algo que quizá fue una suerte para su actividad creativa, una circunstancia perfecta para recrearse y disfrutar de su auténtica inautenticidad, concepto acuñado por Lawrence Grossberg y citado en uno de los estudios más sorprendentes que se han hecho sobre la obra del artista asturiano: “Tino Casal y la modernización del pop español en los años ochenta” (Anuario Musical nº 74, 2019). Sus autoras, Sara Arenillas y Diana Díaz, lo explican así: “La sensibilidad posmoderna de los 80 se habría erigido, pues, sobre la conciencia de que los productos culturales habían perdido su aura de ‘autenticidad’, siendo todos igual de artificiales, falsos o inauténticos”.
La historia de Casal es, básicamente, la aventura de un artista total. El viaje de Casal fue una odisea interior, de la que apenas llegaron al gran público las luces más cegadoras y los sonidos más agudos.
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