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Es innegable la huella de Chris Ware en el cómic experimental actual, pero también que la mayoría de los autores influenciados por él son más hábiles reproduciendo la gélida perfección de su arquitectura narrativa que su profundo impacto emocional. No es el caso de Nadia Hafid (Terrassa, 1990), que tal vez parta de Ware pero ha construido una voz propia con su estilo minimalista de líneas hiperclaras y geométricas, una maravillosa telaraña vectorial con la que “El buen padre” recrea la cotidianidad de una familia donde el sentimiento de impotencia del padre (un paleta en paro) ha creado un agujero negro de apatía que absorbe la posibilidad de un futuro. La primera obra larga de Hadif es un debut sofisticado en lo visual y de una notable complejidad emocional a la hora de abordar temas como la pérdida y el fracaso. Xavi Serra
A priori, una miniserie que traza una detallada línea temporal del Universo Marvel cruzando sus hitos y entrelazando el camino de sus protagonistas parece destinada a ser un producto de fans para muy fans. Y es cierto que el guionista Mark Waid (1962) y el dibujante Javier Rodríguez (1972) –con tintas de Álvaro López– han sido educados sentimentalmente en la religión Marvel para convertirse en profesionales que trabajan en algo que les importa. Sin embargo, el planteamiento de este enciclopédico proyecto y, sobre todo, su ejecución gráfica –un solvente who is who que construye desde el canon– le confiere gran capacidad de sorprender y emocionar a veteranos y novatos. Esa misma energía que construyó la casa de Spiderman y Hulk y que la mantiene en pie ocho décadas (y contando) a base de historias asombrosas. Alex Serrano
Tal vez sea la credibilidad lo que diferencia un libro de fotografías de uno dibujado, pero si la foto es atestado, el dibujo es línea, cada una de ellas, y en su trazado estas deberían contener el remirado, los porqués, más demora. Porque esto, aunque contiene trazas de anecdotario y ascendencia de guía turística, es otro libro sobre el tiempo. Un libro de puertas y ventanas, despoblado y misterioso en esas comparativas urbanísticas en las que la californiana Julia Wertz (1982), peatón sin esteta, registra y detalla cambios y tendencias en el paisaje de Nueva York, en su fachada.
Carta de amor y cuaderno de paseo sabroso en sus enojos, flojea cuando se limita a la estampa sin vivencia, aunque la lectura se sostiene muy grata en su mirada corriente, entre aplicada y elemental, de pulcritud tan “new yorker”. Rubén Lardín
Anna Frank, los gordos, la sororidad y todo tipo de situaciones asalvajadas protagonizadas por niños poblaban las microdosis de negrísimo humor que Irene Márquez (Ciudad Real, 1990) ideaba semanalmente en la revista ‘El Jueves’. Recopiladas ahora en una trabajada edición libro-objeto multiformato, el conjunto permite apreciar mejor la voz libérrima de la dibujante manchega y amplificar su estudiada propuesta artística, que, como casi todo lo prohibido, duele pero da gustito. Profundizar en la escatología sin filtros de Márquez garantiza capas y capas de sublimación de lo incómodo y la risa incómoda, pero también un recital de versatilidad e independencia que parecía hoy imposible a cargo de una autora a la que se adivinan muchos kilómetros por delante. Al fin y al cabo, el humor solo es sucio solo si no te lavas. Alex Serrano
Cinco historias con estructura de road movie y una única protagonista, Ann, una mujer que vive y duerme en su coche porque no quiere atarse a nada ni tampoco ver cada día el mismo paisaje, que se deja llevar por el azar, hace lo que le da gana y practica la prostitución cuando se tercia. La mangaka Miki Yamamoto (Toyama, Japón, 1986) no solo crea una heroína libre, indómita y desinhibida, sino que también ella se deja llevar por ese mismo espíritu, dando tonos diferentes a cada historia y buscando los rincones ambiguos (o directamente oscuros) de su personaje. Esa coherencia aún es mayor en el dibujo, cuyo estilo suelto y desmelenado está más próximo al del francés Joann Sfar que al patrón gráfico común en casi todos los manga, y que, por muy diferentes que sean, los hace tan reconocibles. Daniel Ausente
Ficción que bordea la realidad, “Primavera para Madrid” plantea la renovación estacional y acompaña tres figuras ascendentes que se ofrecen como nueva sangre para viejos vicios: el primogénito real, el voluntarioso que medra sin medios y el yernísimo que frecuenta los consejos de administración. Son la nueva ola que aterrizará para que no cambie nada. Con viñetas que recuerdan fotos que han sido portada y con personajes que reconoce cualquier adicto a los telediarios, este códice teje los mimbres de años de titulares y tiende un tapiz que expone los perfiles de la corrupción española. Desde el político regional hasta los miembros de la corona, desde la entidad bancaria con preferentes fraudulentas hasta los tratos inmobiliarios en palco de fútbol, todo tiene su lugar en la gran obra coral del desfalco. Impreso en tinta negra sobre papel dorado, con la textura de una tarjeta black, las formas ponen lujo en la ópera del lujo por lo ajeno. Un mapa de las élites, vestidas de negro y oro. Raúl Minchinela
Tras dos estupendas piezas de memoria familiar alrededor de sus padres (“Las guerras silenciosas”, 2013) y sus abuelos (“Jamás tendré 20 años”, 2016), Jaime Martín (Barcelona, 1966) completa el círculo con esta autobiografía que también supone un regreso al paisaje de extrarradio urbano de los cómics de sus inicios (en las páginas de la revista ‘El Víbora’). Autor de trazo nítido muy comprometido con la honestidad de su trabajo, evita devaneos narcisistas con un relato que ofrece diversas capas de lectura: crónica del desencanto juvenil protagonizada por una pandilla de jevis de barrio; retrato costumbrista de la España de la Transición; o también la historia de un chaval que tras ver cumplido su sueño, ser dibujante de tebeos, tendrá que buscarse la vida en la industria del cómic francobelga sin traicionarse a sí mismo. Daniel Ausente
Qué envidia siente uno al ver como la historieta francobelga logra dar continuidad a sus clásicos con éxito. El nuevo de Blueberry (quince años después de “Dust”) reúne a dos grandes de lo que fue la nouvelle BD, Sfar y Blain, renovadores del cómic francés que, sorpresa, en lugar de reinventar al personaje de Charlier & Giraud y sus códigos, se ponen a su servicio para explicarnos una nueva y vibrante aventura de Blueberry. “Rencor apache” es un ejercicio de clasicismo entendido desde la devoción por la puesta en escena, todo nervio y vigor narrativo, con un Blain (Gennevilliers, 1970) esplendoroso que después de llevar el wéstern a su terreno con “Gus” (desde 2007) ahora se empapa del canon, y un Sfar (Niza, 1971) que oficia como inesperado guardián de las esencias. Tal vez no sea revolucionario pero sí extraordinario. Xavi Serra
Madre con trastorno bipolar, profesora de arte, con una conciliación laboral compleja y una relación matrimonial con tensiones, la norteamericana Keiler Roberts realiza en “Isolada” un mosaico de escenas autobiográficas que tensan el costumbrismo con las limitaciones físicas, mentales y sociales. Desde los detalles más nimios a los encuentros más tensos, todo cae bajo el notariado neutro de sus viñetas, dispuestas a levantar acta de cada una de sus dudas. En alientos que suelen ser de una sola página, el ambiente pasa sin transiciones del humor al desasosiego, de la familiaridad a la intimidad, de lo físico a lo mental. Cuando leemos a su hija Xia preguntar “¿Vas a hacer un cómic de esto, mamá?” , la respuesta es evidente. Roberts no deja hilo sin hacer puntada. Raúl Minchinela
A la casualidad, o a la divina providencia, debemos que “Devastación” haya sido el título de debut en nuestro país de la autora estadounidense Julia Gfrörer (Concord, 1982). Nos hallamos ante un cómic ambientado en un medievo pandémico, cuyos trazos crudos y, al tiempo, elegantes en blanco y negro conjuran un ambiente malsano, marcado por la conmoción, el terror y la apatía. Un contexto degradado ante el cual los supervivientes optan por ciertas distracciones, en particular la ilusión del amor a partir del roce desesperado con el otro. Así pretenden eludir las preguntas que ni ellos, ni la ciencia, ni Dios pueden responder, y que abocan a los dos protagonistas de este viaje, Agnès y Giles, a un destino trágico no exento de momentos grotescos, lo que nos hace pensar en “Devastación” como una suerte de “divina comedia” imaginada desde una herencia estética que combina espíritu expresionista y grafismo de escuela victoriana. Elisa McCausland
Cuando Yoshihiro Tatsumi acuñó el término “gekiga” para referirse al manga más adulto y oscuro que hacía con sus colegas, quizás no se imaginaba el tipo de autor “maldito” que iba a acoger. Shin’Ichi Abe (Tagawa, 1950) es uno de los mejores ejemplos: acosado por el alcoholismo y la esquizofrenia, su obra ha sido escasa, dispersa y extraña. Los relatos reunidos en este libro, realizados en su mayoría en los años 70, se adscriben al denominado “manga del yo”: autobiografía en bruto con la textura de un sueño o una alucinación, de calado psicológico e impregnada de nihilismo. Acaso impulsado por la culpa, Abe parece obsesionado por mostrar exactamente lo que sucedió, incluso aunque eso signifique contar la turbulenta relación sentimental y sexual con Miyoko, en este libro radicalmente original. Gerardo Vilches
La autoflagelación tiene una tradición sólida en la historia del cómic de autor, al menos desde Robert Crumb. Adrian Tomine (Sacramento, California, 1974) busca su peso específico en ese linaje con “La soledad del dibujante”.
En este cómic con formato literal de cuaderno de notas, el autor de“Sonámbulo y otras historias” (1998) refleja en pasajes breves recuerdos de su vida desde niño hasta 2018, con el hilo conductor de su pasión/oficio: el cómic. Evita el autorretrato feroz de colegas como Joe Matt, pero sabe reírse de sí mismo, de sus inseguridades y circunstancias. En ocasiones borda entremeses de sitcom tan acertados como el de sus problemas intestinales. Octavio Beares
La voz de Lorenzo Montatore (Madrid, 1983) es una de las más originales del cómic español. Su personalísima relectura de los clásicos modernos españoles y de la cultura pop retro ha dado este año dos de sus mejores frutos. En “Queridos difuntos” reelabora el tropo de la muerte haciéndose humana por un día para sentir lo mismo que las vidas que siega; más cerca de Mihura o Jardiel Poncela que de Gaiman o Bergman, tiene un sutil tono metafísico, tamizado por ricos diálogos y escenarios propios de “Super Mario Bros”.
En “Arrullo de amor” ofrece varias piezas breves, adaptaciones de algunos de sus maestros: Tomeo, Gómez de la Serna, Arniches… Con un grafismo incluso más libre y un marcado tono poético, explota el potencial del cartoon para conmover, sin trucos fáciles o sensiblerías superfluas. Gerardo Vilches
El encuentro entre una marchante de arte y una aspirante a artista alimenta un conflicto con una riqueza en matices a la altura del talento literario y gráfico de Posy Simmonds (Berkshire, 1945). La una es Cassandra, egoísta y despiadada; la otra, Nicki, creadora de performances críticas y feministas, cuya remuneración y reconocimiento se cifran en likes de RRSS. Como escenario, el Londres actual se presenta sin sorpresas, tan confortable para unos como violento para otros. En tan paradigmático lugar se desenvuelve una trama bien tensada que apunta a múltiples dianas: la culpabilidad burguesa, los variados mecanismos con los que hacemos frente al miedo, la ineludible contradicción del ser humano en su dimensión individual y social. Y todo esto en un molde de cuento navideño dickensiano. ¿Alguien puede ofrecer más? Isabel Cortés
Tras ficcionalizar la memoria del padre en “La casa” (2015), Paco Roca (Valencia, 1969) aborda ahora la de su madre. El punto de partida es una de las pocas fotografías conservadas por ella, un retrato familiar en la playa. Como afirmó Roland Barthes, hay fotografías que dependen del “punctum”, el impacto emocional. Por eso el significado profundo de esta imagen de una familia, anónima al comienzo del libro, solo puede revelarse a través del relato: el que Paco Roca teje para exponer la vida de Antonia, sin posibilidad de decisión y expuesta siempre a la violencia. Subordinada primero al padre y luego al marido, como tantas mujeres durante el franquismo. La obra se adscribe a su mejor faceta: como autor en solitario que prescinde de colaboradores y se entrega al gran tema de la memoria. Gerardo Vilches
Cuando un libro es apaisado es porque pretende hacer del tiempo extensión, territorio, darle al relato magnitud de tren. En este viaje, que además viene articulado desde el título, se ventilan cien estancias de la memoria, un puñado de cuentas para un rosario que entre los dedos debería explicar la identidad propia o al menos atenuarla un poco, bajarle los humos.
La estadounidense Lynda Barry (Wisconsin, 1956) dibujó “Mis cien demonios” a los cuarenta y tantos, que es cuando afloran estos libros, cuando se advierte que, de manera inopinada, la lontananza se ha desplazado al retrovisor. En ese espejismo horizontal trata de pescar episodios y en lo ordinario dar con lo fundamental: olores, vínculos, pérdidas, fantasmagorías, impurezas. Y tal vez porque sabe que una función de los recuerdos es sepultar otros impensables, Barry se aplica en la criba, señalando pasajes callados que se han ido envalentonando con los años y detectando los instantes en que fue o dejó de ser más exactamente ella. Entretelas que hacen un almanaque íntimo y arman un libro que parece dibujado en la mesa de la cocina, así de cálido en las intuiciones. Rubén Lardín
Pocos autores son tan relevantes para la novela gráfica de no ficción como el estadounidense Joe Sacco (1960), el padre del cómic periodístico, que con sus reportajes en Yugoslavia, Palestina y otros destinos ha marcado el camino a seguir. “Un tributo a la tierra” es su trabajo más ambicioso desde “Notas al pie de Gaza” (2009): un reportaje de largo aliento en el que visita las tierras ancestrales de los dene, indígenas del norte de Canadá. Se trata de una obra de madurez en la que documenta un conflicto no tan cruento como el palestino, pero igualmente universal: el que enfrenta a nativos y colonos, con la tierra y los recursos naturales como campo de batalla.
Víctimas de una agresiva estrategia de aculturación, los dene tienen hoy su propia agenda. Mediante entrevistas y una investigación tan rica en detalles como su dibujo, Sacco muestra la pluralidad de posiciones de esta etnia, enfrentada a veces al gobierno canadiense y a las multinacionales extractoras de gas y petróleo. Es un libro comprometido con una causa, pero también con la verdad: lo que siempre debería ser el periodismo. Gerardo Vilches
Qué difícil y ambicioso es contar una vida, ¿verdad? Pues Tom Haugomat (París, 1985) hace que parezca pan comido en este extraordinario libro-objeto. Mediante una serie de estampas con un estilo que recuerda al de Jon McNaught (no por nada comparten editor en el Reino Unido, Nobrow Press), Haugomat desgrana, sin más palabras que las de los pies de página que nos van ubicando en el tiempo y el espacio, la existencia casi en espejo de un bebé que será chaval que será astronauta que será padre que será huérfano que será anciano; una vida marcada por los avatares personales y los hitos históricos de la segunda mitad del siglo XX en EE. UU., desde el primer viaje a la Luna al 11-S. El ritmo que hábilmente impone el autor, pautado por la sencilla estructura del plano objetivo-plano subjetivo, tiene mucho de cinematográfico, tanto en el planteamiento como en más de un homenaje explícito (“2001”, “Alien”, “El planeta de los simios”). La cuidada edición de Pípala completa una lectura gozosa de principio a fin. Regina López Muñoz
Nora Krug (Karlsruhe, Alemania, 1977) convierte la historia de su linaje reciente en una novela gráfica que aborda interrogantes claves acerca de una tierra que arrastra el estigma del siglo XX, impreso por el Partido Nazi. “Heimat”, paisaje que la autora contempla a través de Friedrich (portada-homenaje, y no es el único, a la cultura alemana), se eleva como concepto que sintetiza el país donde la expiación conoció una acepción especial. Krug no escatima en recursos: texto ilustrado, cómic, fotos... a modo de scrapbook; mientras que, por otro lado, testimonios y documentos dotan de verdad periodística el relato. La cuestión de la culpabilidad nacional –si tienes un amigo alemán, lo sabes– es un auténtico tabú que el resto excusamos ante el machaque al que las generaciones de posguerra han debido someterse. Afincada en Brooklyn, la artista se enfrenta a la problemática relación con ese paisaje. Los respectivos árboles genealógicos, materno y paterno, sirven de referencia a lo largo de una lectura intensa que alienta la curiosidad... todo el rato. Isabel Guerrero
Hay algo que conecta “La cólera” a epopeyas del cómic como “El cuarto mundo” (1970-1973) de Jack Kirby, “Fénix” (1967-1988) de Osamu Tezuka o “Building Stories” (2012) de Chris Ware, y no es otra cosa que la ambición. Javier Olivares (Madrid, 1964) y Santiago García (Madrid, 1968) saben que adaptar “La Ilíada” era innecesario porque toda nuestra ficción ya es, en mayor o menor medida, una adaptación de Homero. Así que, partiendo de esa “ira” con la que empieza el poema, plantean su cómic como un diálogo entre la mitología clásica y nuestro presente, es decir, entre ficción y realidad. Un ejercicio de interpretación libre del texto homérico que penetra en el territorio del mito para sumergirse en el fragor físico y conceptual del combate, regándonos de ideas sobre el género líquido de un Aquiles andrógino, la naturaleza violenta del ser humano, el pecado original de Europa y su actual crisis de los refugiados. La empresa es tan osada que solo podía salir bien gracias a un milagro, y de milagroso puede calificarse el trabajo de un Olivares espoleado por el reto, que se alza victorioso en el campo de batalla y en la intimidad de la tienda, en el territorio onírico y en la distopía invertida.
El amor por el medio de los autores empapa todas las páginas de una obra hiperconsciente de su naturaleza formalmente aventurera y no por eso menos audaz. Porque tiene que quedar claro que “La cólera” no es un ensayo ilustrado, sino un tebeo en mayúsculas, y todos sus hallazgos se fraguan en el lenguaje de la historieta, donde brilla especialmente ese recurso genial e inesperado que en un momento dado abre la puerta al futuro mitológico. Pero lo revolucionario aquí no es tanto el gesto formal como el arrojo con que los autores hacen suyo el texto fundacional de Occidente para abrir un nuevo camino en el cómic español que no es sino la culminación de dos de sus trabajos previos: el frustrado “Beowulf” de García y Olivares que acabó dibujando (maravillosamente) David Rubín en 2013 y “Las Meninas” (2014), con los que ya ensayaban algunas de las ideas sobre la transmisión del mito y de la cultura que “La cólera” explora y expande. Xavi Serra
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