Soleá Morente, triunfal. Foto: Marina Tomàs
Soleá Morente, triunfal. Foto: Marina Tomàs

Festival

Primavera Sound (11 de junio /3): que no termine (al menos esta sensación)

El concepto diva tiene elasticidad suficiente como para propiciar el recorrido que nos ocupa, rico en argumentos sonoros y diverso en su articulación escénica. Bajo ese apelativo –cada una de ellas opera a su manera, por supuesto– cabe registrar las soberbias actuaciones de Soleá Morente, Celeste, Angèle y Jessie Ware. Redondeando el itinerario en sus respectivos turnos, dos hombres-orquesta que manejan planteamientos estéticos muy distintos pero sin duda apetecibles: Confeti de Odio y Jhay Cortez.

12. 06. 2022

Es probable que el de Soleá Morente haya sido uno de los mejores conciertos de toda esta edición de Primavera Sound. Tuvo hits para dar y tomar, una gran banda, bailarines talentosos y un público implacable que no se amilanó por estar cantando y bailando a pleno sol durante el show, que comenzó a las seis de la tarde y abrió el escenario Estrella Damm. Pero, claro, el mérito también es de la madrileña, en cuerpo y alma. Pocas y pocos intérpretes más carismáticos, más magnéticos que ella pasarán por los festivales locales este verano. El final de su concierto con “Baila conmigo” –antecedido por esa bonita versión de “No pensar en ti”, de Raffaella Carrà, escrita por Nacho Canut y Carlos Berlanga– quedará como una de las postales más felices de esta edición. Todos arriba, cantando y sonriendo en el reflejo de la sonrisa de Soleá. Como debe ser.

Y mientras el sol comenzaba a ser más amable, pasadas las ocho de la tarde, Celeste llenaba el escenario Cupra. Comparada con Billie Holiday y con su coetánea Adele, la británica-estadounidense presentó un concierto robusto junto a una banda soberbia, con bronces y cuerdas incluidas. Quizá no era el tipo de show para un escenario que ha pasado de ser uno de los más bonitos –¿cómo olvidar el concierto de Caetano Veloso en la edición de 2014?– a uno de los más caóticos y ruidosos. Lo que preparó Celeste sí era algo que se comía el espacio, pero, al mismo tiempo, se trataba de composiciones llenas de detalles, de una voz privilegiada, de capas de instrumentos que era fácil perder de vista con muchas personas gritando o tirándote la cerveza encima. Ojalá pudieran programarla en otra ocasión en el Auditori Rockdelux, por ejemplo.

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