Digámoslo sin filigranas: el primer concierto de Richard Thompson en Cataluña fue una maravilla y un colofón perfecto para el retorno del festival Blues & Ritmes a los cauces pre-COVID. Con el Teatre Zorrilla de Badalona hasta los topes de gente y con el silencio de la veneración, el padre del folk-rock inglés interrumpió su primera canción –“If I Could Live My Life Again”– por tener las manos agarrotadas. “Disculpad, es la primera vez que me pasa esto”, se excusó.
A partir de ahí, su austera puesta en escena –micrófono, guitarra acústica y un taburete para la botella de agua– fue el único soporte que necesitó para desatar un vendaval de melodía e instrumentación. Directo a la yugular, a la segunda soltó el clásico de Fairport Convention “Genesis Hall” –“hace 50 años solía estar en una banda”– sin ningún tipo de nostalgia, porque la convicción con la que arpegia y canta este himno contra la policía y a favor de la okupación la hace sonar atemporal. Con un deje de timidez, presentó cada canción al estilo cuentacuentos, explicando sin pudor el significado de cada tema. Y picó en toda su trayectoria: desde los discos con Linda Thompson –presentó la desolada balada “Withered And Died” como “esto va de lo que pasa cuando el amor se jode”– hasta sus canciones más recientes. De su celebrada etapa a dúo cayeron más clásicos: “Walking On A Wire” –con una exhibición guitarrera final que deja en pelotas a cualquier aspirante a guitar hero– y el luminoso pedazo de country-pop “Wall Of Death”. En todas ellas se dejó la piel Thompson, artesano virtuoso de las emociones y sonoridades que genera la combinación de voz y guitarra, en las antípodas de la desgana o la pérdida de facultades que algunos músicos de rock experimentan en la vejez.
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