La puesta en escena es tópicamente íntima y acogedora. Lámparas, alfombras y algo de mobiliario dibujan una imaginaria sala de estar con espacio para guitarras acústicas, una eléctrica, piano, bajo y batería. Luces bajas para mantener a raya el síndrome de Ménière que Ryan Adams padece y que puede producir pérdidas de memoria y consciencia en escena. Parece que va a haber banda, pero Adams estará siempre solo rotando entre las acústicas y el piano, con ayuda puntual a la batería y al bajo en el único momento eléctrico de todo el set, la tremenda toma de “Bartering Lines” a mitad de la primera parte, que pareció un outtake del “Weld” (1991) del mismísimo Neil Young. Con traje, chaleco y pajarita, su apariencia es la de un profesor universitario de los ochenta; o quizá la de un psiquiatra dispuesto a anotar nuestras neuras. A la vista del resultado del concierto, fuimos nosotros los terapeutas.
Nos explica que tocará “Heartbreaker” (2000) en la primera parte y que en la segunda aceptará las peticiones del público. Se le ve ansioso, algo acelerado (lo estará todo el concierto) y pide a los fotógrafos del foso que suban al escenario y lo fotografíen con el público de fondo: “Si me hacéis parecer gordo, os encontraré y lo pagaréis”. Pasan diez minutos de la hora de inicio y aún no ha cantado ninguna canción.
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