Debe de ser algo pintoresco el hecho de que alta literatura y género detectivesco vayan cogidos de la mano en un relato. Al menos, eso es lo que se deduce al leer la nota de prensa de esta novela escrita por el siempre brillante escritor argentino Pablo Maurette (Buenos Aires, 1979), también autor de bocados literarios tan deliciosos como los ensayos “El sentido olvidado. Ensayos sobre el tacto” (2015) y “La carne viva” (2018).
En su caso, el hecho de transitar en el meridiano donde la novela policíaca juega con los significantes expresivos de autores como Borges o Roberto Bolaño resulta en un canal perfectamente normalizado a través de este sorprendente relato, donde somos testigos de una trama enhebrada en torno a una raíz donde genética y brujería se entrecruzan de forma ciertamente inquietante.
A Maurette se le nota en su salsa a lo largo de las doscientas treinta y ocho páginas que conforman esta lectura. En todo momento, trasciende la sensación de quien ha hecho de su tarea un disfrute pleno de confianza para alcanzar su objetivo central: adentrarnos en una experiencia narrativa en la que poder degustar la irresistible extrañeza cuajada en torno a un estilo subrayado por la riqueza de la expresividad argentina, y la velocidad musical de una fila india de frases empujadas por el compás contundente del noir reinventado por figuras como Newton Thornburg, James Ellroy o Alan Parks.
Al igual que ocurre con estos tres pilares del género, también se hace gigante la presencia del contexto geográfico en el cual están inspirados los hechos descritos. En el caso de “La Niña de Oro” nos encontramos en una Argentina que respira al son de “Paloma”, de Andrés Calamaro, en el año de su publicación, 1999. En vísperas del nuevo milenio, la ciudad se convierte en un tablero de ajedrez gigante donde se entrecruzan la búsqueda de taxi boys y un crisol de pasajes por los cementerios, los bares y despachos de unos barrios de los que podemos llegar a sentir el tacto y el olor que desprenden.
En dicho espacio temporal, están encuadrados los sucesos investigados por Silvia Rey, protagonista central de un hervidero humano perfectamente contrastado a través de su peculiar padre, la siempre hilarante secretaria de la fiscalía, un brujo africano o el monumental Carrucci.
La vida íntima de la detective se filtra de forma justa y sin mayor peso en torno a una investigación que acaba por cobrar una dimensión que escapa de los patrones habituales a los que estamos acostumbrados dentro de los estándares de género policial, con el tema relacionado con el albinismo como trasfondo ideal para adentrarnos en una odisea donde tribus, acertijos, prehistoria y hechizos se van haciendo más relevantes a medida que proseguimos con la lectura.
La destreza del guion armado por Maurette nos guía con deliciosa exquisitez, golpes de humor costumbristas, diálogos preñados de vibrante ironía y un trasfondo de horror angustiante que terminan por engrandecer los beneficios de tan milimétrica mezcla de tonos y atmósferas, hiladas al trote de tan deslumbrante y sutil demostración de equilibrismo estilístico. ∎
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