Peter Brötzmann (1941-2023) se situó desde sus inicios en el extremo más fiero de la corriente jazz surgida en los Estados Unidos a finales de los años cincuenta, con las composiciones de Ornette Coleman, Pharoah Sanders o Albert Ayler como punto de partida. En los principios suele haber rabia, intensidad, brillo y ferocidad. A menudo la música tiende a desgastarse con los años, a hacerse más agradable y fácil de escuchar. O, si no, de alguna manera te acostumbras a todo. Pero hay gente que todavía no ha podido adaptarse a los primeros años de Peter Brötzmann. A trabajos como
“For Adolphe Sax” (Brö, 1967) y, sobre todo,
“Machine Gun” (Brö, 1968). Este último, grabado en mayo de 1968 con un octeto de jóvenes que iban a dar forma a las próximas décadas de la música improvisada europea –Willem Breuker, Evan Parker, Fred Van Hove, Peter Kowald, Buschi Niebergall, Sven-Åke Johansson, Han Bennink y Gerd Dudek–, era un disco abrumador, abrasivo, brutal, tan difícil de asimilar que aún lo sigue siendo más de medio siglo después. No solo se llama “Machine Gun” –“ametralladora”, en inglés–, sino que se caracteriza por el rugido del saxofón, al que hace sonar repetidamente como una ametralladora. Brötzmann era artista gráfico de formación y la portada –realizada por él, como muchas otras cubiertas de sus discos– mostraba a un soldado apuntando con una ametralladora. Tenía sentido: el piso de Brötzmann en la localidad alemana de Wuppertal era lugar de encuentro para soldados estadounidenses que habían desertado porque no querían ir a Vietnam, según contó hace muchos años. No hay muchos discos como “Machine Gun” en toda la historia de la música, no solo del jazz…