Pierre Boulez (Montbrison, 1925-Baden-Baden, 2016) se crió en Saint-Étienne, ciudad situada a unos 60 kilómetros al sudoeste de Lyon, en el seno de una familia burguesa: su padre era ingeniero y de ideas socialistas. Las matemáticas se le daban muy bien y a eso se iba a dedicar en el politécnico de Lyon, pero a los 17 años escuchó por primera vez en su vida una orquesta, y en vez de seguir la carrera de ingeniería como quería su padre se atrevió a desobedecer y se decantó por la música.
Esa primera rebeldía señala el camino transgresor en que ahondaría el joven Pierre en un futuro no demasiado lejano, una transgresión que según su biógrafa, la musicóloga estadounidense Joan Peyser, lo llevó a enfrentarse en esa primera juventud “a su padre, a su país y cualquier otra cosa que pudiera considerarse sagrada”. En realidad, la ocupación alemana de parte de Francia durante la Segunda Guerra Mundial no fue vista con malos ojos por Boulez, que ya se declaraba socialista y que en los años sesenta llegó a simpatizar con el comunismo maoísta. No era para nada un devoto del nazismo, pero sí afirmó que “los alemanes introdujeron la alta cultura en Francia”.
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