Extraña y rara. Y después te mueres. O sobrevives: es lo que lleva haciendo
Fernando Alfaro, una de las mayores instituciones de esa cosa que llamamos indie. Un indie que sería difícil de explicar si no contáramos con capítulos como los protagonizados por Surfin’ Bichos o Chucho. Son años, ¿no? Pues aquí sigue el albaceteño, ajeno a la cuchilla del tiempo y sin miedo de enfrentarse a nuevos retos. Instalado en Barcelona y sin noticias discográficas desde el
“Carnevisión” de 2007 que firmó junto a Los Alienistas,
“La vida es extraña y rara” es el resultado de su encuentro con Raül Fernandez Refree, encargado de supervisar estas diez nuevas canciones que aparecen como la tercera referencia de la marca Marxophone. Vida nueva y cosas que contar. Un Alfaro menos “bíblico” textualmente y con un envoltorio sonoro más transparente, menos eléctrico. Con más espacio para la voz. Para reflexionar y reconocer que
“se escapa el tiempo” y todavía quedan
“tantas cosas por hacer”: frases cazadas al azar en
“Extintor de infiernos”, una espléndida puerta de entrada a un álbum que avanza fresco y firme. Parece el primer peldaño de una nueva escalera hacia el futuro, pero ¿cuántos futuros (truncados) ha visto ya Fernando Alfaro? Pues no se rinde: ahí está
“Camisa hawaiana de fuerza”, una de sus mejores composiciones y una concluyente muestra de que todavía se pueden hacer canciones de amor desde ángulos insospechados.
Entre los entramados de guitarra eléctrica se cuelan los pianos y las acústicas, las cuerdas, y empapelan las canciones con aromas que lo mismo pellizcan de la bossa que se dejan mecer por el ejercicio de estilo retro (
“El último crooner santo, el último lobo” resuena a Phil Spector produciendo a Leonard Cohen). Hay momentos (
“Gol psicológico”, “Hijo de perra”) que parecen necesitar un trazo más grueso, con más suciedad eléctrica. Pero, en general, la opción Refree funciona, especialmente en los cortes con regusto a viejos romances (
“Los héroes podridos”, “Un viaje largo, largo”, “Himno del Caminante Kamikaze”), y acaba dotando a “La vida es extraña y rara” de una exquisita coherencia: es difícil imaginarse la magnífica
“El dolor del miembro fantasma” (con la brutal sentencia de
“no soy nada, solo dolor” expuesta con la mayor serenidad) con otro tratamiento que no sea el aquí fijado. ∎