Álbum

Ryan Adams

HeartbreakerBloodshot-Cooking Vinyl-Discmedi, 2000

Rockdelux 181

(Enero 2001)

Ah, los discos de ruptura sentimental y crisis personal, irresistible subgénero para los voyeurs de la derrota ajena. “Heartbreaker” es uno de esos álbumes: a Ryan Adams le parten el corazón, se encierra en Nashville y en catorce días pule esta gema de lamentaciones y desesperanza.

El talento de Adams no es inédito para todos los que cabalgan por la fértil pradera del neocountry –o americana– del rock yanqui de los últimos años: al frente de Whiskeytown ya había brillado –junto a The Handsome Family y Grandaddy– como uno de los más sutiles e inspirados regeneradores de las raíces campestres. Con “Strangers Almanac” Whiskeytown estuvieron a punto de dar el salto comercial; el relativo fracaso en ventas se saldó con el archivo en los almacenes de Universal del siguiente álbum, “Pneumonia”, un trabajo que, según Adams, fue “limpiado” por Scott Litt para hacerlo más asequible pero que permanece inédito; este eslabón “perdido” aguarda distribuidora para ver la luz en su forma original, sin retoques, a la largo del 2001.
La congelación de “Pneumonia” –y los típicos/tópicos asuntos de drogas y alcohol– acabó desintegrando Whiskeytowm (la violinista Caitlin Cary ya tiene nueva banda, The Come Ons; ver su EP “Waltzie”) y, sin novia y sin grupo, Adams se enfrascó con el productor Ethan Johns y el guitarrista David Rawlings en la tarea de fotografiar musicalmente su poco optimista estado de ánimo. El resultado deja sin aliento. “Heartbreaker” –que se abre con una pequeña conversación entre Adams y Rawlings a propósito de Morrissey y “Bona Drag”– anda por los caminos de la pura tradición sin miedo a ser engullido por la sombra de los más grandes –sí, aquí arde la llama del Bruce Springsteen de “Nebraska”, el Neil Young de “Tonight’s The Night” y, sobre todo, el Dylan de “Blonde On Blonde” y el Gram Parsons de “Grievous Angel”; no, no es casualidad que la voz de Emmylou Harris ilumine la estremecedora “Oh My Sweet Carolina”– y levanta verdaderos monumentos confesionales con los eternos temas de la traición, el perdón, la autoindulgencia y el dolor, sin artificios estéticos ni melodramas de cartón. Habla un hombre herido, y lo hace en forma de composiciones impecables –“My Winding Wheel”, “Come Pick Me Up”, “To Be The One”, “In My Time Of Need”…– que arañan y curan.

Banjos, pianos, armónica, guitarras acústicas, órganos, armonías vocales –Gillian Welch, Kim Richey, Allison Pierce– envuelven el rumor de este exorcismo terminal. No lo dejen pasar de largo: “Heartbreaker” ya tiene todos los números para convertirse en un pequeño gran clásico. ∎

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